En Holanda, el 5% de los militares que han combatido en conflictos padece problemas psíquicos. Esta cifra concuerda con el promedio mundial, pero hay una gran diferencia entre los países en cuanto a cómo se recibe a los militares a su regreso. En Holanda cuentan con un buen apoyo, y tienen derecho a consultar un psicólogo durante varios años. Sin embargo, quince años atrás, la historia era otra.
Sarajevo
El militar holandés Peter Bercx fue enviado en 1994 a Bosnia. Bajo su cargo estaba la distribución del correo.
"Recuerdo muy bien cuando entramos a Sarajevo", dice Bercx. "Nuestro vehículo no estaba bien blindado, y tuvimos que esperar un día por otro. Mientras entrábamos por la única vía de acceso a Sarajevo, se abrió fuego contra nosotros. Al llegar a la oficina de correos, se disparó una granada de mortero desde un edificio a la izquierda. Al mismo tiempo, a la derecha se disparaba contra gente que iba a buscar agua. Ése fue nuestro primer día en Sarajevo".
Por extraño que parezca, Bercx se sentía eufórico. Para eso se había preparado durante 18 años. Años más tarde descubrió que luego de la misión, sufría de problemas psíquicos. Sin embargo, en una cultura dominada por los hombres, no se podía hablar abiertamente de ello. En Holanda buscó refugio en las drogas, lo que él llamaba "automedicación".
Estrés postraumático
Los superiores en el Ejército no habían notado que Bercx podría estar sufriendo de estrés postraumático. El ministerio de Defensa se percató del problema cuando el militar perdió la cabeza durante una instrucción militar en Noruega. Bercx se chocó con un colega, pensó que era un enemigo y lo atacó. De haber tenido armas, probablemente las habría utilizado, afirma el militar.
Bercx fue repatriado a Holanda, lo que significaba el fin de su carrera. El Servicio Médico Social lo recibió, y se comenzó un tratamiento que dio buenos resultados. En la actualidad, Bercx dirige el equipo de la Empresa de Transporte Comunal de Utrecht.
Otra historia en Surinam
Peter Bercx ha tenido suerte. En otros países, el destino de los ex militares no es siempre tan positivo. En Surinam, muchos soldados fueron a parar a la calle luego de la guerra contra el líder rebelde Ronnie Brunswijk, en los años ochenta.
Tal es el caso de Guillaume Oliveira, que en 1987 formaba parte de la agencia de seguridad y vigilancia. Oliveira vivió mucha violencia en esa época, y en un cierto momento terminó enajenándose.
El militar vivió unos años en la calle. En la actualidad se encuentra en el Centro Psiquiátrico de Surinam, pero está impaciente por regresar al Ejército. "Así volveré a tener una cuenta bancaria", explica. "Tendré una tarjeta de identidad, un pasaporte. Recién entonces volveré a formar parte de la sociedad".
Chozas de emergencia
Ahora el caso de los militares en Etiopía. Durante el régimen militar de las décadas de los setenta y ochenta, el Ejército etíope llegó a albergar medio millón de personas, siendo el mayor contingente militar de África. Cuando en los años noventa el régimen militar fue derrocado, los soldados fueron a parar a la calle. Así le sucedió a Dartesset Mulene, quien se mantuvo junto a un grupo de soldados, sus mujeres e hijos. Vivieron quince años en chozas de emergencia hechas de plástico, o simplemente a la intemperie.
Una organización holando-etíope llamada Dir Foundation, decidió invertir energía para ofrecerle un futuro a este grupo de militares. Junto con 33 familias, la fundación comenzó una fábrica de ladrillos, que provee de ingresos estables a las familias. Para Mulene, fue el comienzo del fin de una larga pesadilla.
‘Flipando' en la India
Ex militares en el mundo entero intentan retomar sus vidas luego de haber combatido en conflictos bélicos. En el caso de Israel, existe el servicio militar obligatorio. Esto implica que muchos jóvenes se ven expuestos a situaciones de violencia, debido al largo conflicto que Israel tiene con las regiones palestinas.
Luego de cumplir el servicio militar, cada año unos 30.000 jóvenes parten a la India. El país es barato, los amigos también van, y es fácil conseguir drogas. El cineasta Yoav Shamir siguió las aventuras de los jóvenes durante dos años, lo que resultó en el documental "Flipping out" ("Flipando"). Los ex militares sustituyen el cabello corto y el uniforme por una melena y ropas hippies.
Llama la atención el aire sombrío del documental, lo tenebroso de las fiestas y el ambiente depresivo en los hoteles. El director comenta que fue poca la alegría que vio entre los viajeros. La mayoría usaban gran cantidad de drogas. El entorno es magnífico, se conoce a gente de la misma edad, uno está lejos de casa y de las reglas del servicio militar. Sin embargo, a Shamir no le parecía que realmente se estuvieran liberando.
Este estilo de vida termina arruinando la existencia de unos dos mil jóvenes por año, que por ejemplo desarrollan una psicosis, lo que en Israel se conoce como "Flipping out".
Sin embargo, cuando el cineasta le pregunta a los ex militares si la guerra les ha dejado secuelas, todos contestan que no. No parecen ver relación alguna entre la violencia en Israel y su consumo desmedido de drogas.
Por el contrario, como asegura un ex soldado israelí, que en una cascada india se deja llevar junto con sus amigos por alucinógenos: "El Ejército nos ha hecho a mí y a mis amigos más fuertes. Comienzas como un flojo, pero el trabajo en el Ejército te forma, hace de ti un verdadero hombre".
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