El estrés no es realmente una enfermedad sino uno de los factores directos responsables de muchas enfermedades, tanto físicas como síquicas. Se podría definir el estrés como una tensión física, mental y emocional derivada de situaciones o imaginarias y motivos de profundo dolor.
Las reacciones a determinadas situaciones de estrés varían considerablemente. La respuesta más frecuente al estrés es la ansiedad. La ansiedad es un estado emocional desagradable como reacción a una situación con causas poco definidas y que suele conllevar cambios fisiológicos y de comportamiento parecidos a los que causa el miedo. Sus principales síntomas son: tensión muscular, dolores de cabeza, transpiración excesiva, pesadillas, insomnio, sequedad en la boca. Para diagnosticar la ansiedad es preciso hacer un reconocimiento físico. El primer paso para tratar el estrés es localizar el origen de la ansiedad, en lugar de abordar los síntomas como son el insomnio o los dolores de cabeza ya que éstos son el efecto y no la causa. Si no hay causas físicas que justifiquen el estrés, habrá que buscarlas en las sicológicas. Si la causa es, pues, síquica, se necesitará recurrir a un profesional y a técnicas de relajación para reducir la tensión muscular. Es recomendable practicar ejercicios en lo posible al aire libre.
El tratamiento se puede complementar con fármacos contra la ansiedad, los llamados ansiolíticos y tranquilizantes. Estos medicamentos combaten, en realidad, los síntomas: relajan los músculos, mejoran el problema del insomnio, etc.. Los fármacos más usados contra la ansiedad son los benzodiacepinas (diacepam, temacepam, oxacepam) que dan lugar a una relajación total, tanto física como mental al reducir la actividad nerviosa en el cerebro. El inconveniente de este tipo de fármacos es que provocan dependencia; por eso se recomienda cautela en su utilización.
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