En Líbano se están guardando las armas, pero las preocupaciones continúan. Los combates más intensos entre militantes del Hezbollah y partidarios sunitas del Gobierno, que dejaron un alto saldo de muertos y heridos, principalmente en la ciudad portuaria de Trípoli, parecen haber acabado. La crisis fue la más grave desde el final de la guerra civil en 1990.
Mientras oigo claramente las explosiones en las montañas al este de Beirut, desde la ventana de mi habitación, pasa frente a mi casa un gran cortejo nupcial. Desde el balcón, veo una columna de coches descapotables con un grupo de personas vestidas de fiesta, riendo alegremente mientras cantan y tocan las bocinas. El Líbano es, realmente, un país extraño.
La situación en este pequeño país sobre el Mar Mediterráneo sigue siendo sumamente tensa. La semana pasada, estallaron combates en distintas partes del país entre la oposición, dirigida por Hezbollah, y partes pro-occidentales favorables al Gobierno, lo cual puede volver a ocurrir en cualquier momento. Entre la población reina el temor de una nueva guerra civil si no se pone fin a la violencia. Los discursos de políticos por televisión no permiten esperar una pronta solución al conflicto.
Ilegal
Decenas de personas perdieron la vida en los combates que estallaron el jueves pasado, luego de que el Gobierno decidiera prohibir una red telefónica ilegal de Hezbollah, y destituir al jefe de seguridad del aeropuerto internacional.
"De pronto, cientos de combatientes del Hezbollah se encontraban en nuestro pueblo", dice el druso Nidal Haider, de Chouweifat, una aldea en las afueras de Beirut, donde tuvieron lugar fuertes enfrentamientos el domingo, entre los combatientes de la oposición, bien armados, y partidarios del líder druso pro-gobierno Waleed Jumblatt. Haider se apresuró a tomar su kalashnikov para defender su aldea junto con otros pobladores. "El Ejército se mantuvo alejado, y no nos quedaba otro recurso más que luchar", relata. Su comercio fue incendiado y muchas viviendas resultaron averiadas. En la zona todavía se pueden ver manchas de sangre.
Crisis política
El Líbano, cuya Presidencia está acéfala desde noviembre, lleva casi un año y medio de crisis política. El Gobierno y la oposición no logran llegar a un acuerdo. El primer ministro Fouad Siniora culpa a sus rivales de haber perpetrado un "golpe armado". La crisis es vista, en opinión de muchos observadores, como una extensión de la confrontación entre Estados Unidos y sus aliados árabes, por un lado, y Siria e Irán, por el otro.
El aeropuerto internacional de Beirut se encuentra clausurado desde el miércoles de la semana pasada, y también es difícil entrar y salir del Líbano por vía terrestre. Las embajadas están estudiando las posibilidades de evacuación de sus ciudadanos. Algunos libaneses con instinto comercial han organizado rutas alternativas, y ofrecen por mil dólares la posibilidad de viajar a Chipre en barco desde una ciudad al norte de Beirut. "Lo que más deseo es partir de aquí. Hace más de treinta años que vivo en este país pero ahora realmente estoy harta", afirma una mujer británica casada con un libanés. El barrio sunita de Beirut, donde reside, fue blanco del fuego la semana pasada, y ella ha tenido que permanecer en casa con su familia. "Que no se les ocurra volver aquí a esos ‘rambos' con sus máscaras," dice señalando a los combatientes armados de la oposición, "no tienen nada que hacer aquí."
Acaparar alimentos
La situación en el Líbano causa un enorme estrés a la población. Si bien muchos intentan conservar el optimismo, nadie tiene una solución instantánea para los problemas. Una gran parte de la gente prefiere permanecer en casa, para seguir las noticias por televisión, y acapara alimentos en los supermercados.
Sin embargo, algunos propietarios de comercios en la zona de bares y restaurantes de Beirut se mantienen firmes. "Considéralo como una forma de resistencia, pues no pueden eliminarnos. Este verano no vendrán turistas a llenar nuestros establecimientos, de modo que lo tenemos que hacer nosotros mismos", dice Samir, un cliente regular de un bar en Gemayzeh, una de las zonas más populares de Beirut. "Los jóvenes libaneses ven su futuro con gran preocupación, la mayoría quiere emigrar. Por eso, intentemos pasarla lo mejor posible: ¿Qué otra cosa nos queda?" se pregunta, y bebe otro trago.