El 12 de julio del 2006, tras cruzar la línea Azul en la frontera norte entre Líbano e Israel, ocho soldados israelíes morían en una emboscada que tendió el grupo chií Hezbolah. Otros dos militares fueron secuestrados. El primer ministro israelí, Ehud Olmert, dio la orden de iniciar la segunda guerra de Líbano. Un año después, los dos soldados israelíes Regev y Goldwasser siguen aún cautivos, y Hezbolah no ha aportado aún una señal alguna de vida. Fueron 34 días de combates en los que, disparando unos 4 mil misiles Katiusha, Hezbolah obligó a un millón de israelíes a permanecer en refugios o a huir hacia el sur del país.
Tanto el Ejército israelí como el primer ministro Ehud Olmert opinan que Israel logró más seguridad para su frontera norte. La resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU, con la que, el 14 de agosto, se puso fin a la guerra, permitió por primera vez en 40 años el despliegue del Ejército libanés en la frontera, con el apoyo de 13.000 cascos azules de ONU. Sin embargo, los servicios de inteligencia israelíes advierten que el control del sur de Líbano continúa en manos de partido de Dios, Hezbollah, movimiento que cuenta con el apoyo de Irán. Un año después de la guerra contra la milicia chiíta, la atención de Israel se centra ahora en la vecina Siria. El tono de las amenazas entre Jerusalén y Damasco ha subido en los últimos meses, y en medios militares se daba por seguro que Siria lanzaría este verano una ofensiva para recuperar los Altos del Golán, ocupados por Israel en la Guerra de los Seis Días de 1967. Sin embargo, en el marco de las conmemoraciones del primer aniversario de la segunda guerra de Líbano, el general Moshe Kaplinsky, subjefe del Estado Mayor israelí, consideró que no se avecina un nuevo conflicto bélico este verano. No obstante, Israel observa con atención los preparativos y maniobras que lleva a cabo el Ejército sirio en la frontera con Israel.
Entre tanto, las heridas de la Segunda Guerra de Líbano aún sangran en Israel. El pasado 2 de julio, decenas de familiares y amigos de los 119 soldados y 44 civiles israelíes muertos comenzaron la denominada ´Marcha de la Vida´, para exigir la renuncia de Ehud Olmert, por considerarlo responsable de los fracasos de Israel durante la guerra, entre ellos el cautiverio de los soldados israelíes. En el acto oficial en memoria de los caídos, Olmert brillo por su ausencia, hecho que fue duramente criticado por los padres de las víctimas. En esa ocasión, el nuevo ministro de Defensa y líder del partido laborista, Ehud Barak, cuestionó la capacidad de los líderes políticos para prevenir la guerra, así como la ineficacia de los comandantes del Ejército en la preparación de las tropas. Barak destacó que la Segunda Guerra del Líbano es la primera guerra desde la Independencia de Israel, en 1948, en la que la retaguardia fue el frente de combate. Y agregó que 'al caer, los misiles Katiusha no distinguieron entre civiles y soldados, entre judíos y árabes.
Al iniciar el conflicto, Olmert contó con el apoyo casi unánime de todos los israelíes. Salvo los partidos árabes israelíes, todos los demás grupos parlamentarios, sus líderes políticos y militares le respaldaron. Incluso el rival más acérrimo y crítico de Olmert, Benjamín Netanyahu, líder del Likud, lo secundó. La guerra también reabrió el debate sobre la fidelidad de la minoría árabe-israelí al Estado judío, tras que un tribunal acusara al diputado árabe Azmi Bishara de alta traición y espionaje por, supuestamente, haber ayudado a Hezbolah durante el conflicto. Olmert también fue blanco de crítica por parte de intelectuales como Amos Oz y David Grossman. Además, gran parte de la sociedad israelí calificó como precipitadas las operaciones militares que causaron la muerte a más de 1000 libaneses.
Tras estudiar los errores cometidos en la conducción del conflicto, una comisión ad hoc, llamada ´Winograd´, responsabilizó en su informe preliminar a Ehud Olmert, a su anterior ministro de Defensa, Amir Peretz, y al ex jefe del Estado Mayor, general Dan Halutz, por la insuficiente preparación y la apresurada toma de decisiones.
Las pesquisas de la Comisión, cuyo informe final aún debe presentar el próximo octubre, conmocionaron al país. Seguidamente, unas 200.000 personas se manifestaron en Tel Aviv para pedir dimisiones, y la propia ministra de Exteriores, Tzipi Livni, pidió la renuncia a Olmert. Desde luego, el Primer Ministro hizo caso omiso tanto de la demanda de la opinión pública como a la baja tasa de popularidad que aún señalan las encuestas. Tras que, en los últimos meses, la polémica en torno a la gestión de la guerra desaparecía de las páginas de los diarios, el canal 10 de la televisión israelí la reabrió el martes al citar fuentes de la Comisión Winograde. Según dichas fuentes, no es posible evitar ser más claros en el mensaje a Olmert, "pues, dejamos un arma cargada que aún no se ha disparado, y es posible que tengamos que ser nosotros quienes apretemos el gatillo. La calma engaña, y quizás sea previa a la tormenta". Hasta el momento, sólo el entonces jefe del Estado Mayor, Dan Halutz, y el ex ministro de Defensa, Amir Peretz, han tirado la toalla. El único que se aferra a su silla es el jefe del Gobierno, Ehud Olmert. Aunque su Gobierno parece más estable, el 65% de la población considera que debe dimitir. Un año después de la conflagración en Líbano, sus efectos aún pueden deparar sorpresas.
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