La crisis del Líbano ha puesto en evidencia, una vez más, la división que reina en el mundo árabe. No es fácil poner de acuerdo al bloque pro estadounidense, liderado por Egipto, Jordania y Arabia Saudí, con un país como Siria, aliada del grupo chií Hezbolá. Así se puso de manifiesto en la reunión de urgencia que mantuvieron la semana pasada en El Cairo los ministros de Exteriores de la Liga Árabe.
El secretario general del organismo panárabe, el egipcio Amr Musa, mostró su impotencia y pesimismo al afirmar tajante que el proceso de paz en Oriente Medio ha fracasado y que es necesario empezar de cero, y desde el Consejo de Seguridad de la ONU.
La crisis del Líbano ha llegado en un momento especialmente delicado en la zona. No sólo por la desconfianza de occidente hacia el nuevo Gobierno palestino, liderado por Hamás, sino también por la crisis abierta por el programa nuclear iraní y la tensión entre Estados Unidos y Siria.
No hay que olvidar tampoco la situación cada vez más caótica que vive Iraq, país que se desliza peligrosamente hacia la guerra civil. La violencia sectaria que vive este país ha resquebrajado las cada vez más frágiles relaciones entre chiís y sunís en el mundo musulmán. Los regímenes de países de mayoría suní, como Egipto o Arabia Saudí, recelan del poder que ostentan los chiís en Iraq, y, sobre todo, de la cada vez mayor influencia que tiene en la región Irán.
"La situación actual en el Líbano es una reacción más del error que supuso la invasión de Iraq y la caída de Saddam Hussein", dice el analista español Javier Martín, autor del libro de reciente aparición "Hezbolá, el brazo armado de Dios". "El dictador iraquí fue durante mucho tiempo la pared que bloqueó las aspiraciones de Irán en Oriente Medio. Lo fue en los años ochenta con la guerra que libró contra el Irán de Jomeini", añade este periodista residente en El Cairo.
En su opinión, la caída en desgracia de Saddam ha contribuido a que Irán asuma un papel mucho más relevante en la región. "Irán, afirma, es ahora una potencia con mucha fuerza dentro de Iraq, ha conseguido una porción de terreno estratégico que siempre había ambicionado. El régimen iraní tiene ahora mucho más espacio para maniobrar en Oriente Medio, con un Iraq débil, un Líbano en manos de Hezbolá y el desafío a la comunidad internacional a través de programa nuclear".
La estrecha relación entre el régimen de Teherán y Hezbolá explicaría el por qué de la débil respuesta de los países sunís a la ofensiva israelí. Critican la agresión militar, al tiempo que acusan a Hezbolá de haber provocado la crisis. El ministro de Asuntos Exteriores de Arabia Saudí, Saud Al Faisal, fue aún más lejos al definir la crisis como una "intervención no árabe en el mundo árabe", en referencia clara a Irán.
En las calles de gran parte de las capitales del mundo árabe apenas ha habido protestas contra la ofensiva militar del Estado hebreo. Al menos hasta ahora han sido mínimas si las comparamos con las que se registraron a principios de este año contra las caricaturas de Mahoma.
En las dos protestas celebradas hasta ahora en El Cairo, por ejemplo, participaron varios centenares de personas, que fueron reprimidas con dureza por la policía. Los manifestantes enarbolaban fotografías del líder de Hezbolá, el jeque Hasan Nasrala y también del Gamal Naser, el líder nacionalista que se enfrentó a las fuerzas colonialistas y también a Israel.
Tal vez a muchos musulmanes sunís, castigados por regímenes dictatoriales y en exceso condescendientes con Estados Unidos e Israel, piden a gritos un nuevo líder que simbolice la resistencia contra el Estado judío, como lo fue en su día Yassir Arafat. Mientras tanto, muchos de ellos, hacen frente a la frustración buscando consuelo y refugio en el Islam más conservador y extremista.
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