Entre el 2 y el 4 de abril Bucarest ha servido como escenario principal de una representación teatral que ha tenido a la OTAN como protagonista principal, aunque otros actores nacionales se han reservado asimismo su fugaz momento de gloria ante el público mundial. Como experimentado actor que es- en 2009 cumplirá los sesenta años de existencia-, la Alianza ha procurado esconder sus defectos, en un intento por mostrar que sigue siendo el galán atractivo que todos desean tener como compañero de reparto y el más capaz para garantizar la seguridad mundial. Ese ejercicio profesional no ha logrado, sin embargo, ocultar que tras la fachada de eficiencia y esplendor se esconde una profunda crisis.
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Las crónicas oficiales dirán que en Bucarest se ha aprobado una nueva ampliación, esta vez hacia los Balcanes (con Croacia y Albania como nuevos miembros). También confirmará que se revalida el compromiso con Afganistán hasta 2012, reforzando mínimamente a los 40.000 efectivos militares de la ISAF allí desplegada. Se insistirá asimismo en que el vínculo euroatlántico sale reforzado, al igual que la seguridad europea, gracias al acuerdo con Polonia y la República Checa para desplegar en esos territorios partes sensibles del sistema antimisiles que la administración Bush está resuelta a completar a pesar de la oposición rusa. Visto así, y con la complicidad general de unos actores interesados en hacer creíble la ficción, no parece haber espacio para las dudas y las críticas. Y, sin embargo, tanto unas como otras son innegables.
Interesa recordar que el vínculo trasatlántico no pasa por sus mejores momentos. En el marco unilateralista y militarista de su equivocada "guerra contra el terror", Estados Unidos ha mostrado un claro desprecio por la OTAN (que ni siquiera recibió respuesta de Bush cuando, tras el 11-S, activó el capítulo V de su Tratado, ofreciéndose para responder conjuntamente al ataque recibido en Nueva York y Washington). En este terreno el mandato de Bush se ha caracterizado por una decidida voluntad por caminar solo hacia sus objetivos y establecer canales bilaterales cuando así lo ha entendido necesario. En ningún momento ha entendido que su seguridad no puede construirse a costa de la inseguridad europea y por eso ha seguido adelante con sus planes en Praga y Varsovia para desplegar un escudo antimisiles que, automáticamente, genera reacciones contrarias en Moscú y deja a la Unión Europea expuesta a consecuencias potencialmente negativas.
De igual modo su afán por presentarse como el actor que ha completado el cerco a Rusia, antes de que logre salir del abismo de debilidad en el que ha estado metida estos últimos quince años, le ha llevado a insistir más allá de lo conveniente en la necesidad de incorporar a Ucrania y Georgia a la Alianza. Finalmente no ha logrado que se abra ahora mismo la puerta a su entrada, y ha tenido que contentarse con el compromiso escrito de que ambos países sean ya identificados como futuros socios "cuando se den las circunstancias para ello". Ha sido, como cabe suponer, una solución de compromiso que deja a la vista las discrepancias entre los aliados y la fuerza que, desde fuera, tiene Rusia en la agenda de la OTAN. De menor importancia en este caso es que Macedonia se haya quedado momentáneamente fuera, porque es previsible que griegos y macedonios terminen encontrando un nombre para diluya la resistencia de Atenas a su admisión.
Tampoco en relación con la ISAF debe entenderse que se han logrado superar los problemas. Aunque este tema ha servido al presidente francés, Nicolas Sarkozy, para volver a ocupar por un instante el centro del escenario, no olvidemos que sus nuevos 700 soldados, apenas incrementados por aportaciones menores de otros aliados, quedan muy lejos de los 12.000 que insistentemente solicitaba el mando militar de esta operación OTAN (bajo paraguas ONU). Tan importante como aumentar el número de tropas desplegadas, teniendo en cuenta que las fuerzas armadas afganas están todavía a años luz de poder hacerse cargo de la seguridad de su propio país, es modificar las reglas de enfrentamiento que han fijado cada uno de los cuarenta países que han aportado tropas a ISAF. Y nada de esto se ha logrado en Bucarest, por lo que cabe imaginar que se mantendrán las serias dudas de que la presencia militar internacional logre eliminar la amenaza taliban y, simultáneamente, crear las condiciones para la estabilización y reconstrucción de un país que sigue a punto del colapso.
Como estrella invitada de última hora, Vladimir Putin tendrá también una oportunidad para despedirse (en mayo será, teóricamente, sustituido por Medveded) de una OTAN con la que ha mantenido una relación tensa. Aunque lo ha intentado de diferentes maneras, no ha logrado evitar que la Alianza haya ido llenando el vacío dejado tras la desaparición de la URSS, hasta colocarse (desde el Báltico hasta los Balcanes, y mañana hasta el Cáucaso) a las puertas del territorio ruso. Sólo le queda ahora el recurso a la protesta y, en todo caso, la amenaza de futuras tensiones añadidas.
*Jesús A. Núñez Villaverde - Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH)
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