Cada vez que llego a un puesto de control del Ejército israelí mi humor empeora. ¿Cuánto tendré que esperar esta vez? ¿Me toparé con un soldado amable? ¿Deberé dar los buenos días, aunque nunca responda nadie?
Rahel Weinberg en Julia West, ambas con sombreros de sol, me observan preocupadas. "¿No has traído sombrero, niña?", pregunta una de ellas. La temperatura ronda los 35 grados.
Las damas, de unos setenta años, se instalan al otro lado del camino y observan a los cinco jóvenes militares allí apostados. Cada una lleva una botella de agua y un bloc de notas. Los soldados se dan cuenta de su presencia, hablan entre ellos y se ponen en movimiento. En un par de minutos despachan la larga cola de automóviles palestinos que atestaba el puesto. Rahel y Julia asienten con satisfacción. Nos encontramos en uno de los centenares de puestos de control israelíes, en dirección a Jerusalén desde Cisjordania.
Nacido en la cola de espera
Rahel y Julia pertenecen al llamado Machsom Watch, un club formado por cerca de quinientas señoras judías israelíes, mayores de 65 años, que diariamente observan el comportamiento de los soldados isrelíes en los puestos de control. Esta medida es necesaria, según Machsom Watch. A menudo la organización informa sobre abusos, casi siempre causados por las largas esperas. Palestinos que pierden su turno para ser operados, estudiantes que llegan tarde o simplemente no llegan a presentarse a un examen, mujeres que dan a luz en el camino.
La semana pasada, las señoras Weinberg y West intentaron ayudar a un hombre mayor que acababa de ser operado de un ojo. Según dijeron, el hombre tuvo que esperar dos horas bajo el sol inclemente hasta que ellas lograron llamar la atención del militar al mando del puesto. Rahel Weinberg enfatiza que su organización puede hacer esta tarea gracias al permiso de las autoridades israelíes. "No son muchos los gobiernos que autorizan a sus civiles para que controlen lo que hacen sus militares", dice la señora.
Trabajo duro
Muchos de los palestinos que pasan el control conocen a Rahel y Julia y les hacen señas de agradecimiento a. Uno de los soldados también hace un gesto amable con la mano. Algunos se comportan mal, dicen ambas, pero en su mayoría los soldados son simpáticos. Cuando les pregunto por qué a mí nunca me tratan de manera amistosa, las señora Weinberg intenta explicármelo: "Tienen un trabajo horrible. Es aburrido, hace calor y deben cumplir servicios de hasta 10 horas. Se ponen nerviosos y a veces sienten miedo". Muchas de las llamadas "damas de los puestos de control" tienen hijos o esposos que han servido en el ejército, incluso algunas de ellas han cumplido tareas militares.
Después de una hora al sol comienzo a sentirme mal y me pregunto si estaría lúcida y amable si tuviera que pasar aquí diez horas. Alarmada por el enrojecimiento de mi cara Julia me pregunta si estoy bebiendo suficiente agua. Su amabilidad tiene mucho que ver con el comportamiento común de una abuela, y este es precisamente el sentimiento que intentan transmitir. "Cuando nos ven los soldados se preguntan: ¿Qué diría mi madre o mi abuela de mi comportamiento?", dice Julia.
Desde hace años, las señoras Weinberg y West hacen este trabajo de manera voluntaria. Según ellas, muchos israelíes cierran los ojos a los abusos que se cometen contra los palestinos, pero ellas no pueden. "Cuando has visto lo que pasa, aunque sea una sola vez, debes hacer algo", dice Julia West. Por mi parte, lo que más deseo es que en el próximo puesto de control aparezcan ante mí dos abuelas israelíes con sus gorros de sol, sus bloc de notas y sus botellas de agua.
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