Pedimos que nos sirvan una tortilla. Mi compañera de mesa en la terraza bebe un sorbo de vino tinto y yo de mi gin-tonic y un hombre que también estaba tomando un aperitivo nos recomienda tomar gambas. Disfrutamos de la silueta urbana y charlamos de cosas sin importancia. A nuestro alrededor, gente de buen humor. ¿Sábado en Ámsterdam? No, sino un atardecer de entre semana en Ramallah, Cisjordania.
Tumba del ex presidente Yassir Arafat |
Sí es verdad que se trata de una fracción de la vida aquí, porque sólo los palestinos afluentes y los expatriados se lo pueden permitir. En Ramallah se encuentra la sede de la Autoridad Palestina y la mayoría de las Organizaciones No Gubernamentales.
Pero incluso aquellos palestinos que pasan por el barrio diariamente para ir a trabajar, van al atardecer a beber una taza de té con amigos, o a un café a fumar una pipa de agua, jamás aparecen en las noticias. Por eso recibimos una visión parcial de la realidad.
Aquí me veo constantemente confrontada con mis prejuicios. Cuando por ejemplo entré por primera vez en Ramallah en coche, me vino un sentimiento de inquietud. Lo que más recordaba de ese lugar eran las imágenes del funeral del antiguo presidente, Yassir Arafat, que quedaron grabadas en mi memoria. El fanatismo aparentemente histérico de las masas que conducían el ataúd al cementerio, mientras algunos hombres disparaban sus armas en el aire. Al día siguiente visité su última morada, me dirigía a grandes pasos a su tumba. ¿Quizás se pongan furiosos al verme ahí y no quieren a ningún europeo en las cercanías? Pero los dos hombres uniformados que vigilaban los restos mortales de Arafat, parecían muy aptos para el trabajo. Incluso intercambiaron unas palabras amistosas (¿De dónde es? ¡Holanda! ¡Buen fútbol!)
Y en un encuentro de jóvenes activistas palestinos me esperaba encontrar a los chicos vistiendo los típicos chales palestinos y gritando consignas. Sin embargo, había unas veinte personas, la mayoría jóvenes, que sentados a una mesa dedicaban las primeras horas a presentarse, hacer bromas, risas y más risas.
Yo tenía que participar, era su opinión, en las presentaciones y las bromas, que eran recibidas con risas de cortesía. También su manera de militar fue para mí una completa sorpresa: acciones lúdicas para "abrir los ojos" de los soldados israelíes.
Si hago una síntesis de lo que hoy he visto en las calles de Ramallah, comprendo que mi imagen de los territorios palestinos debe, como mínimo, rectificarse.
Cosas que no vi: jóvenes arrojando piedras, activistas fanáticos con chales palestinos o tampoco vi gente que fuera digna de pena.
Lo que sí vi: un agente de tráfico que hacía su trabajo escuchando música pop, una estudiante que caminó media hora fuera de su ruta para mostrarme la dirección correcta, y el vendedor de la feria que me regaló un kilo de plátanos. Todo esto me viene a la mente mientras paso ante una licorería con un gran anuncio de la cerveza holandesa Heineken y me dirijo a ocupar uno de los asientos en la cafetería "Café de la Paix". Seguiré contando...
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