Hace cinco años, en la víspera de la invasión norteamericana a Iraq, los exiliados iraquíes estaban divididos en dos bandos: se estaba contra el dictador, o bien contra la guerra. Desde el exilio no podíamos saber cuál era la opinión de los propios iraquíes en Iraq. Era imposible.
"No a la guerra. No a la dictadura". Ese era el eslogan políticamente correcto. Pero en debates y manifestaciones, era preciso pronunciarse claramente a favor o en contra de la guerra. La dictadura no era un tema en cuestión. Nunca lo ha sido. La dictadura es como una enfermedad crónica. La guerra una amenaza aguda.
Por otra parte, ¿qué significa todo esto en el momento en que estalla la guerra? ¿Sigues gritando NO contra la guerra? ¿No estás ayudando con ello al dictador en su propia guerra?
Eran difíciles cuestiones que enfrentábamos muchos exiliados iraquíes -entre los que me incluyo - hace cinco años.
Me resultaba imposible identificarme con los millones de personas en Europa y otras partes del mundo que salían a las calles a protestar contra la guerra. No encontraba mis propios dilemas reflejados en sus reclamos. No podía pretender que era un ciudadano del mundo preocupado por la paz mundial. Yo sólo estaba ocupado con el futuro de Iraq, con los peligros que acechaban a mi país natal y la esperanza de que esta guerra sería la última y quizás incluso anunciara el inicio de una nueva era. Los manifestantes contra la guerra nunca habían vivido una dictadura. Veían la amenaza aguda pero no sabían nada de la enfermedad crónica que sufría Iraq.
No tenía la menor duda de que el futuro de Iraq sería más promisorio con la partida del cruel dictador. Sólo tenía reparos sobre la manera en que se acabó con el régimen de Saddam Hussein. "Nunca puede ser peor", pensaba, algo peor que Saddam era difícil de concebir, tanto para mí como para muchos de mis compatriotas.
Cinco años más tarde siento decepción, enojo, impotencia pero, sobre todo, vergüenza. Y no soy el único iraquí con estos sentimientos. Me avergüenzo por el hecho de que nosotros, los exiliados iraquíes, conocíamos tan poco sobre Iraq. Que veíamos al dictador como un tumor maligno que había que extraer con una intervención.
La realidad resultó ser mucho más complicada. Tras la extracción del dictador, llegaron problemas que habían sido silenciados y evitados durante décadas, y quizás durante siglos. El tumor había sido extraído pero había metástasis por todo el cuerpo. Lo único que puede hacer el cirujano norteamericano es repetir un error tras otro. Iraq está moribundo.
En 2003, muchos exiliados iraquíes soñaban con regresar a su país para ayudar a la reconstrucción, o simplemente para vivir en el lugar donde habían nacido. La mayoría sigue en el exilio, y a ellos se le sumaron otros millones más. Su esperanza de retornar es más insignificante que nunca.
Dentro de unos meses, el presidente norteamericano, George Bush, abandonará la Casa Blanca. En su último período presidencial, se han logrado algunas mejoras en la situación de Iraq, y probablemente hará todo lo posible para mantenerlo así hasta las elecciones en noviembre. En caso de que la situación empeore después de las elecciones, ya no podrán achacárselo a él.
Los manifestantes contra la guerra en Iraq, cinco años atrás, tenían razón. Incluso los partidarios de Saddam pueden afirmar que no se habían equivocado cuando aseguraban que el dictador era necesario para mantener el cáncer bajo control.
Y, por mi parte, como la de tantos iraquíes que, en ese entonces, estaban indecisos entre el rechazo a la dictadura o a la guerra, ahora nos enfrentamos con un nuevo dilema: ¿Necesitamos un nuevo dictador para mantener el tumor bajo control? ¿O debemos esperar hasta que se hayan acabado las peleas por todos los odios ancestrales de la historia?