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Sarkozy y Euromediterráneo

París/Raúl Zamora

27-07-2007

Apenas elegido presidente de Francia en mayo, Nicolas Sarkozy sorprende de inmediato a la comunidad internacional al imponer un tratado mínimo y pragmático que reemplazara al fracasado proyecto de Constitución de la Unión Europea. Esta semana vuelve a sorprender al firmar con el dictador de Libia Muamar el Kadafi, una serie de protocolos de cooperación que incluyen la discutible venta de un reactor nuclear para uso pacífico.

  

 Sarkozy con el presidente libio, Kadafi

Sarkozy dio el empujón final y decisivo a interminables negociaciones euro-libias para obtener la liberación de personal médico búlgaro encarcelado y torturado ocho años en Libia bajo la falsa acusación de inocular el SIDA a más de 400 niños.

"Armas para el tirano"
Los analistas discuten sobre el precio real pagado por los europeos para obtener esta liberación. Lo concreto es que las discusiones se aceleraron desde que Sarkozy entró en contacto telefónico con el dictador norafricano, le hizo propuestas y le envió incluso tres veces como su emisaria personal a su esposa Cecilia. Los búlgaros volvieron a su país en un avión proporcionado por Sarkozy. Y éste llegó al día siguiente a Libia para abrir con Kadafi una era de cooperación franco-libia.

En Francia, comentaristas que confunden el análisis político con el moralismo se escandalizan por el rápido e inesperado golpe diplomático del presidente: ¡cómo es posible -dicen- negociar y ofrecer un reactor nuclear a un tirano norafricano que practicó durante años el terrorismo de Estado y que estuvo marginalizado de la comunidad internacional hasta el año 2004!

La verdad es que los protocolos de cooperación recién firmados se inscriben en el marco de un audaz proyecto estratégico presentado por Sarkozy cuando todavía era candidato a la presidencia de Francia.

"Mare nostrum"
En el puerto francés de Toulon anunció, en febrero, que obraría por la creación de una Unión Mediterránea. Un retorno a la idea del "mare nostrum" de los romanos, un mar de paz y prosperidad  pero, esta vez, no bajo el dominio de un imperio sino en el marco de la diversidad nacional y cultural de los países ribereños.

Según su proyecto, la Unión Mediterránea trabajará en estrecha asociación con la Unión Europea y tendrá organismos directivos similares. Sarkozy sostiene que es indispensable crear estos mecanismos de cooperación. No es viable, dice, una Europa atrincherada en su riqueza y potencia nuclear frente a sus vecinos del otro lado del Mediterráneo a quienes se les negaría el acceso a la tecnología nuclear pacífica.

El sorpresivo acuerdo con Libia tiene ventajas evidentes para ambos países: Libia es riquísima en petróleo y uranio pero carece de infraestructuras para desarrollar su economía y su educación, terrenos en que los franceses podrán hacer importantes aportes. Sobre todo, Sarkozy ha conseguido ahora un aliado de importancia para impulsar su proyecto de Unión Mediterránea para el cual ya cuenta con el apoyo de Marruecos, Argelia y Túnez. Próximamente se reunirá con el presidente de Egipto, Hosni Mubarak, al que espera incorporar a esta aventura que puede ser histórica.

La Unión Mediterránea es "una utopía movilizadota", según la expresión de uno de los principales colaboradores del presidente francés. Esta utopía movilizará a Francia en los próximos años porque Sarkozy quiere que su país sea el motor de la Unión Mediterránea como fue en el pasado el motor de la creación de la Unión Europea.

El "nacionalismo" de Sarkozy
Su ambición choca, sin embargo, con los intereses de otros países y de otros sectores políticos. En Alemania ya se elevan las primeras voces. Uno de los dirigentes del izquierdismo ecológico "verde" acusa al presidente de "nacionalismo". Otro político alemán, un socialista, protesta por la operación relámpago de Sarkozy que dejó sin habla a los diplomáticos alemanes que negociaban laboriosamente desde 2004 con Kadafi esperando accesos al mercado libio.

Más aún, esta utopía mediterránea movilizadora choca en Francia y en Europa con los seguidores de la diplomacia norteamericana favorable a la admisión de Turquía en la Unión Europea. Sarkozy anunció como candidato, y reiteró como presidente, que Turquía no tiene su lugar dentro de Europa pero en cambio la ve como socio privilegiado de los europeos y como líder de la Unión Mediterránea.

No cabe duda de que la Unión Mediterránea tendría un papel clave para pacificar las relaciones entre los dos orillas de este mar interior y, sobre todo, entre los propios países de la orilla no europea.

Pero los problemas son muy grandes. Que se piense solamente en el conflicto israelo-palestino, en las actividades de Siria, en los conflictos internos libaneses y en la exigencia reiterada esta semana por Turquía de ser aceptada dentro de la Unión Europea.

Sarkozy no cesa de sorprender en Francia y en el extranjero por su activismo y su rapidez infatigable, personalista y voluntariosa. Pero la importancia de estos obstáculos impide en este momento augurar un nacimiento próximo y fácil de una Unión Mediterránea que reemplace a los actuales e ineficaces mecanismos de cooperación creados en 1995 con objetivos similares.

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