Bélgica ha protestado con vehemencia contra los planes de Holanda de trasladar a la frontera varios coffeeshops, o sea locales en los que se venden drogas blandas. Los alcaldes de las ciudades holandesas de Maastricht y Terneuzen quieren así poner fin a las molestias causadas por los miles de belgas y franceses que diariamente vienen a Holanda a comprar drogas. El peor problema lo constituye la congestión del tráfico.
La iniciativa holandesa ha provocado la ira del Gobierno de Bélgica. El primer ministro belga, Guy Verhofstadt, le solicitó a su homólogo holandés, Jan Peter Balkenende, que intervenga en la situación. La disputa llevó a una reunión de emergencia entre los ministros de Justicia y del Interior de ambos países, quienes acordaron intentar encontrar una solución. De no ser así, Bélgica presentará el caso durante la Cumbre Europea de jefes de Estado, a celebrarse a fines de este mes. Bélgica sostiene que el traslado de coffeeshops a la frontera incitará a belgas y franceses a comprar drogas, lo que es contrario al tratado de Schengen.
En la ciudad holandesa de Terneuzen, el coffeeshop Checkpoint recibe diariamente a centenares de clientes en busca de drogas blandas. Las estadísticas muestran que el 60% de los clientes vienen de Bélgica y un 30% del norte de Francia. En estos países, la venta de drogas blandas está prohibida.
Al entrar en el coffeeshop, el cliente retira un número y espera a que uno de los tres mostradores lo atienda. Hay pantallas que muestran las variantes disponibles de hachís y marihuana. Los clientes pueden también beber algo o consumir drogas dentro del local, por lo que muchos de ellos permanecen por más tiempo en el coffeeshop. La municipalidad ha creado una zona de aparcamiento temporal para poder recibir la cantidad extra de coches.
Por tal razón, los políticos holandeses acusan a sus homólogos belgas de hipocresía. La cantidad de belgas que compra drogas blandas en Holanda ya es alta. La construcción de un coffeeshop más cerca de la frontera no alterará esta situación, y es ingenuo pensar que el traslado de coffeshops lleve a los belgas a consumir más drogas. La medida es simplemente un intento de reducir las molestias causadas por el flujo de personas.
Por su parte, los alcaldes de las municipalidades belgas fronterizas temen que hayan más inconvenientes y que aumente la criminalidad si los coffeeshops se encuentran más cerca. Su resistencia a la medida holandesa tiene que ver también con la opinión pública belga, la cual se opone masivamente a una gestión tolerante de drogas. En la segunda mitad de este año se realizarán elecciones municipales en Bélgica, y los alcaldes no pueden permitirse hacer la vista gorda ante la llegada de coffeeshops a la frontera.
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