Con sus once millones de habitantes San Pablo es una de las ciudades más pobladas del mundo, y continúa creciendo ya que gente de todos los rincones se dirige a ella en busca de trabajo. Esta urbe es una ciudad de contrastes, en la que altos rascacielos severamente custodiados son rodeados por las precarias viviendas de las favelas. En el centro, exitosos y apresurados empresarios se abren paso entre mendigos y drogodependientes.
Esa metrópoli brasileña fue una de las primeras mundanas ciudades que sufrió el desastre llamado SIDA. Debido a una rápida respuesta, se logró limitar la envergadura de la epidemia, sobre todo si la comparamos con otras grandes ciudades del llamado Tercer Mundo.
San Pablo fue la primera ciudad brasileña en donde, en la pasada década de los 80, apareció el virus, lo cual no es sorprendente si se tiene en cuenta que, ya entonces, San Pablo se conocía por el dicho "Sex, Drugs and Rock and Roll". En esa ciudad viven muchos drogadictos y prostitutas, y la vida social homosexual, cerca del Puerto de Santos, florece.
"San Pablo registró alrededor de 150 mil casos de SIDA," comenta el doctor Artur Kalichman, "y, en el comienzo de la epidemia, fue su epicentro, con el 50% de los casos constatados en el país. Sin embargo, ya no es así, pues actualmente el síndrome se ha dispersado por todo el país".
Según el doctor Kalichman, en la actualidad alrededor de 600 personas portan el virus de inmunodeficiencia humana, VIH. Desde el comienzo de la epidemia, Kalichman ha estado involucrado en la lucha contra el VIH/SIDA en San Pablo. Cuando el virus se hizo presente en Brasil se predijo una situación desastrosa, comparable a la sudafricana. Sin embargo, el Gobierno brasileño reconoció el problema a tiempo y buscó soluciones, gracias a lo cual, con sus 188 millones de habitantes, Brasil tiene un número relativamente bajo de contagiados con el VIH/SIDA.
"Fue uno de los primeros países del mundo en promover la sinergia entre prevención y tratamiento. Al comienzo de la epidemia, las agencias internacionales advirtieron que, como país pobre y sin tecnología, Brasil debía concentrarse en la prevención y abandonar el tratamiento, pues la primera es menos costosa. Sin embargo, desde el inicio, Brasil hizo ambas cosas y obtuvo buenos resultados".
La legislación brasileña establece que todos los ciudadanos tienen derecho a asistencia sanitaria. Desde hace varios años, los portadores del VIH tienen acceso gratuito a los llamados cocktails, una serie de medicinas anti-retrovirales que, si bien no curan, frenan el virus causante del SIDA. Las empresas brasileñas producen genéricos baratos pero con idéntico principio activo a los medicamentos originales de marca. En mayo pasado, por primera vez, el Gobierno del presidente Luiz Inazio Lula Da Silva logró abolir los derechos de patente que pesaban sobre una medicina contra el SIDA. Se trata del medicamento Efavirenz, que frena el avance del VIH. En lugar de una medicina de marca, Brasil importará desde India un medicamento genérico, con lo que ahorrará 30 millones de dólares al año. De esta forma, los costos se mantienen dentro de márgenes manejables y se puede continuar ofreciendo gratuitamente el medicamento, para gran alegría de los portadores del VIH, como Junior, de 38 años de edad.
"Desde que ingiero el cocktail es como si hubiese recuperado mi vida. Pesaba 48 kilos y pensé que moriría. Pero, gracias a Dios, el Gobierno continuará ofreciendo las medicinas para que la gente recupere sus vidas."
Junior hace todo lo posible por permanecer sano, y, junto a compañeros de infortunio, practica gimnasia en el Instituto Nueva Vida, en uno de los barrios más pobres de San Pablo. Dicho instituto también ofrece medicinas y ayuda psicológica a los pacientes de SIDA y a sus familias. Además, distribuye paquetes de alimentos y ropa, y brinda la posibilidad de seguir cursos de informática. Los empleados del instituto alegan que ofrecen lo que el Gobierno no da. Además los costos del transporte causan preocupación, pues mientras que un viaje al hospital o una clínica era gratis, ahora constituye un gran desembolso para los portadores del VIH, que no son precisamente acaudalados.
También el sacerdote holandés Antoon van Noije trabaja con los más pobres de San Pablo. Su albergue, Sitio Agar, ofrece techo a 60 niños rechazados por sus familias, de los que 45 son portadores del VIH.
"Comenzamos este proyecto e inmediatamente nos transformamos en una fundación que ofrecía ayuda a niños que iban a morir. Una vida corta, sí, pero digna. Así lo hicimos desde 1993 hasta 1998, período en el que fallecieron 18 personas en esta institución. En el 98 llegó el cocktail que frena el VIH, y desde esa fecha hasta ahora, han muerto tres pacientes. Eso significa que dejamos de ser una fundación que acompaña los menores hacia la muerte para ser una que los guía hacia el futuro."
En el albergue, los niños aprenden a valerse por sí mismos, reciben educación y adquieren experiencia en panadería. Antoon van Noije guarda la esperanza de que los niños encuentren su lugar en la sociedad y que quizá puedan fundar sus propias familias. No será fácil, ya que son y serán portadores del VIH y, ante esta enfermedad, los prejuicios en Brasil aún son muy grandes. Pero, por lo menos gracias a los medicamentos gratuitos que frenan el VIH, los niños de Sitio Agar, así como los demás brasileños contagiados con el SIDA, tienen nuevamente un futuro.
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