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Medios y política: Un Proyecto para los Países Andinos y Centroamérica

*José Zepeda Varas

06-03-2007

En casi todos los países de América Latina la población demuestra poca confianza en los logros de la democracia y en la capacidad de los políticos de ayudar a desarrollar a sus países. Ello genera crisis de gobernabilidad como de representatividad, y un clima de inestabilidad política.

La situación es preocupante y por ello se reconoce como necesaria una nueva estrategia para mejorar la calidad de las instituciones políticas. Los medios de comunicación son un actor imprescindible en la política contemporánea. Las relaciones entre los medios de comunicación y la política se caracterizan por ser complejas en todas las democracias mediáticas. Gran parte de los medios latinoamericanos se concentra en manos de unos pocos poderes económicos, y muchas veces estos monopolios son mantenidos por ley.

Esta concentración de propiedad de medios constituye un obstáculo para tener una competencia equitativa entre los partidos que buscan el voto de los ciudadanos, lo cual perjudica a la democracia. Quizá mucho más que en otras partes del mundo, en América Latina la política no sin razón afirma que no es ella la que está manejando al país y a la economía. Actores no políticos o poderes fácticos compiten y controlan a los poderes formales. Los medios de comunicación son identificados como uno de esos poderes fácticos. Además de estos factores de poder, la relación medios, política y democracia está determinada por la calidad de cada uno de los actores.

En esa relación, ni los medios deberían determinar la agenda política, ni la política regular a los medios fuera de lo establecido por la ley. El Instituto Holandés para la Democracia Multipartidaria IMD, la Sección Latinoamericana de Radio Nederland Wereldomroep y Free Voice (FV), comparten los mismos objetivos de promover la democracia, la pluralidad política y el derecho de expresión.

Esta coincidencia nos ha llevado a impulsar un proyecto regional para los países andinos y los de Centroamérica en el que nos hemos propuesto juntar y aprovechar los conocimientos y experiencia para facilitar la participación activa de los mismos protagonistas en el ámbito de partidos políticos, el periodismo nacional, local y alternativo, como también el académico.

El proyecto es desarrollado con la participación de organizaciones especializadas como el Instituto Prensa y Sociedad (IPyS) y DOSES, actores bilaterales y multilaterales relevantes como el PNUD, BID, The Trust for the Américas, IDEA, DFID, ASDI, AECI. El valor agregado es que, al involucrar directamente a todos los actores, estos pueden, en conjunto, definir los alcances de su compleja relación y, conforme a ello, elaborar pautas de mejora. La primera fase se dirigió a la región andina, y la segunda ha sido dedicada a la región centroamericana.

El proyecto tiene la siguiente estructura:
Un seminario estratégico, espacio de encuentro, reflexión, discusión y debate
entre políticos, representantes y dueños de los medios de comunicación, y académicos, enfatizando la pluralidad y su carácter regional.

Una serie de talleres de capacitación en cada uno de los países del proyecto. 
Un seminario final, donde se intercambia las experiencias ganadas durante las 
actividades anteriores, y se diseña una agenda para el futuro.
Siguiendo esta metodología, el proyecto persigue tres objetivos generales

  • Contribuir a que los partidos políticos respondan con mayor eficacia a la promoción de la democracia;
  • Contribuir a que los medios, sus dueños y los periodistas informen verazmente a la 
    ciudadanía;
  • Que la atención de actores relevantes, nacionales e internacionales, se enfoque en la importancia fundamental de la información para la democracia y la gobernabilidad democrática, y en la necesidad de ayudar a mejorar los instrumentos institucionales y legales en el área del derecho de la ciudadanía a la información.

La siguiente reflexión conjunta se elaboró especialmente para el seminario regional andino realizado en Cartagena de Indias los días 22 y 23 de febrero del 2007.
Sobre el periodismo, el diálogo y la democracia. Las personas con un vigoroso sentido de quiénes son y de la clase de persona que desean ser poseen una defensa extra contra su condicionamiento para la crueldad, la obediencia o la ideología.

Jonathan Glover
Para hablar o escribir sobre periodismo empecemos por mencionar a un periodista que dejó una huella profunda en esta profesión en el siglo XX. Un hombre que, cuando un periodista joven le preguntó qué buscaba en las guerras que cubría, respondió: "cuando voy a la guerra busco la ternura, busco la compasión, busco la solidaridad". Y así fue, porque en cada una de sus páginas asoman quienes sufrieron las guerras, no los rostros de los guerreros. "Para mí es fundamental", decía el recientemente fallecido Ryzszard Kapuscinsky, "que un reportero esté entre la gente sobre la cual va, quiere o piensa escribir. La mayoría de la gente de este mundo vive en muy duras y terribles condiciones y si no las compartimos no tenemos derecho, según mi moral y mi filosofía, a escribir".
Era un periodista, aunque el término esté desvalorizado, "comprometido".Décadas atrás estar comprometido quería decir tener valores, escribir desde ellos sobre determinadas situaciones y, en algunos casos, jugarse la vida. George Orwell, por ejemplo, fue un escritor y cronista comprometido con la República española, para criticar al fascismo y el sectarismo de la izquierda. Es desde el digno ejemplo de Kapuscinsky que proponemos reflexionar sobre la relación entre periodismo, democracia y ética. Una labor, creemos, necesaria porque nuestra tarea cotidiana sufre las acechanzas del poder, representado en distintos rostros y grupos.

El Compromiso de la Boca
Existe un documento producido por colegas que, en la senda de maestros como Kapuscinsky, insisten en la cuestión ética. Se trata de "El compromiso de la Boca", producto de un encuentro sobre ética periodística coordinado por Javier Darío Restrepo, organizado por FOPEA, el Foro de Periodismo Argentino.

  1. Defender la verdad, nuestra independencia como periodistas y comprometernos
    dar un tratamiento honesto a la información.
  2. Comprometernos con la democracia, el pluralismo y la tolerancia como valores
    esenciales de las sociedades modernas. 
  3. No aceptar sobornos, dádivas ni privilegios de parte de ningún tipo de poder.
  4. Obtener información por métodos legítimos. 
  5. Mantener los acuerdos off the record con las fuentes de información. Y
    utilizar este recurso sólo en casos imprescindibles. 
  6. Respetar el derecho a la intimidad de las personas. 
  7. Priorizar la vida de las personas a cualquier primicia. 
  8. Utilizar el papel de los medios para construir y no para destruir. 
  9. Respetar el derecho del acusado a dar su versión de los hechos. 
  10. Evitar los conflictos de intereses que comprometen el trabajo del periodista para
    garantizar su independencia. No hay compromiso posible con la democracia sin
    una ética a toda prueba.

Y no hay periodismo riguroso sin ética. Lo decimos con palabras de García Márquez: " La ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo, como el zumbido al moscardón". El mundo tiene hoy dos dimensiones: la real y la virtual. El periodismo oscila entre ser testigo de lo real o dedicarse a crear realidades para vender, ganar audiencia y tener los favores del poder. El periodismo de Kapuscinsky, de dignos periodistas del terreno como Michael Herr y Martha Heller, era un periodismo directo, aparentemente sencillo, pero consustanciado con la verdad a partir de una síntesis del lenguaje. ( Taller de ética periodística, conducido por el maestro Javier Darío Restrepo y organizado por FOPEA, 30 de junio y el 1 de julio de 2003, Buenos Aires, Argentina.)
La fallecida Martha Gellhorn, que cubrió desde las batallas de la guerra civil española hasta la invasión de EEUU a Panamá escribió al final de su vida: "El periodismo en su forma más acabada y efectiva es educación (...) el periodismo es un medio, y ahora pienso que el acto de contar los hechos de forma exacta es un mérito en sí mismo. El periodismo serio, honesto y cuidadoso es esencial, no porque sea una luz que nos guía sino porque es una forma de comportamiento honorable, que implica al reportero y al lector. (Martha Gellhorn. El rostro y la guerra, Debate, Madrid, 2000,p.325)

En torno a la gobernabilidad y la práctica periodística
La gobernabilidad autoritaria, de la cual se tiene una sostenida memoria en los países de la región, se logra a costa de la democracia. Es el intento de congelar el fluir de la vida, de eliminar o reprimir al máximo el sano juego de las contradicciones sociales, de crear la ilusión de estabilidad aplastando la vitalidad de la sociedad.

La gobernabilidad autoritaria atenta contra la cultura, busca infantilizar a la población, en el peor sentido del término, quiere privarla de voz con poder propio y ciudadano. Contra esa forma de gobierno que quita la voz, parte del periodismo ha desempeñado y puede desempeñar una función crucial de reestablecimiento democrático. No en vano los dictadores empiezan por cerrar la prensa cuando dan golpes de Estado, y los autoritarios en sistemas democráticos no tardan en invertir en prensa para comprar elogios y ocultar negocios y manipulaciones.

América Latina, y no sólo ella, está colmada de ejemplos heroicos en esa defensa del derecho a comunicar para abrir caminos a la democracia. También conocemos ejemplos de la palabra al servicio de dictadores. Porque una cosa es ser silenciosos resistentes y otra, entusiastas colaboradores.

De todos modos, ahora vivimos momentos diferentes. Las terribles ceremonias en las que un dictador le pasaba el poder a otro (o en que uno se lo quitaba al otro) han quedado en el pasado. Vamos camino de los 25 años de democracias en nuestra región. Sin embargo, cuando un país es gobernado por grupos que buscan sólo su beneficio y el de sus allegados, podemos reconocer la presencia de diferentes formas de autoritarismo, aunque las mismas no aparezcan con la violencia explícita de los gobiernos de facto. El autoritarismo trabaja también por cooptación, en el sentido de que persuade sin violencia directa a alguien para que crea o actúe en determinada dirección.

En este marco, no podemos dejar de hacer una referencia a lo que significó, y significa, la continuidad de la picaresca en los escenarios sociales desde hace siglos (pensemos en ejemplos desde la Odisea, pasando por "El Buscón" de Quevedo, y entroncando con todo tipo de personajes que mantienen intacta esa línea de vida, de relaciones sociales).

La picaresca incluye el engaño, el ingenio, la astucia, la habilidad en la palabra, el exitismo, el uso del otro (de quien sea) para cumplir los propios fines, el anhelo de sobrevivir o de trepar... Pareciera que hablamos de literatura. Pero... ¿qué sucede cuando el pícaro se vuelve político y se encarama en la cima del poder? Tenemos tristes, caricaturescos ejemplos en nuestros países de tales encaramamientos. Tenemos multitud de casos de empresas periodísticas y periodistas encargados de sostener a tales pícaros a través de la fiesta mediática, de verdaderas cortes de bufones que los siguen y les festejan.

Hace poco más de un año, el Foro de Periodismo Argentino realizó una encuesta entre 282 colegas "Sobre los periodistas y su profesión". Los resultados son muy ricos y significativos. Nos detendremos en dos puntos. Ante la pregunta "¿Recibió usted, o su jefe, alguna llamada o acciones coercitivas desde algún funcionario público?" La respuesta afirmativa en relación con el total de la muestra fue del 45,4%. Ante la pregunta "¿Ha tenido conocimiento directo de actitudes no éticas de colegas en el ejercicio de su profesión?" la respuesta positiva asciende a un 95.7%.

Las cifras son claras y duras. El autoritarismo fundado en la picaresca, la seducción y la corrupción, bañados todos estos elementos de cinismo, sigue presente en nuestros países. Existe el periodista corrupto y su correlato, que es el político corruptor. Por política o por dinero, o por las dos cosas. Las afinidades son muy fuertes.

No dejemos de recordarlo: hay represión directa sobre los medios. El reciente asesinato de la valiente periodista rusa Anna Polotikovskaya lo demuestra, al igual que las cifras de 2006 que nos ofrece Reporteros sin Fronteras: 81 periodistas muertos, y otros 32 colaboradores de medios periodísticos muertos, 871 detenidos, 1472 agredidos o amenazados, 912 medios de comunicación censurados, y 56 periodistas secuestrados. Y las cifras son seguramente bajas.

Pero esta terrible realidad de los medios como víctimas no pueden ocultarnos la otra, la del periodismo que se alía con poderes y gobiernos para justificar mentiras, corrupción, represión y guerras. Ese periodismo pretende, además, condicionar la actuación de los agentes políticos y sociales que no marchan al ritmo del poder.

Si miramos hacia América Latina, la evolución es preocupante. El líder de la derecha nicaragüense Eduardo Montealegre anunció que presentará una iniciativa de ley para proteger la ley de expresión ante las supuestas intenciones del gobierno sandinista de imponer censuras mediante intimidaciones, siguiendo lo que calificó de "el ejemplo de Venezuela". La Prensa nicaragüense también ha expresado su preocupación por la decisión del presidente Ortega de concentrar la publicidad del gobierno en manos de su esposa y portavoz oficial, Rosario Murillo. El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, inauguró el nuevo formato de su programa semanal Aló Presidente, que dejará de ser el espacio dominical donde tomaba decisiones de gobierno en público para convertirse en la fuente diaria, de lunes a viernes, de primicias noticiosas y campañas ideológicas. El mandatario, cuya imagen concentra la comunicación del gobierno con los ciudadanos, se propone, además, promover lo que llama "cinco motores" de la revolución: encabezada por una ley habilitante que le permite legislar por decreto, llamada "vía directa al socialismo".

El periódico "Tal cual", del conocido periodista y político Teodoro Petkoff, fue sancionado con una severa multa que excede en demasía el motivo judicial que la genera y se parece demasiado al deseo de causar daño económico. Por esas vías, Chávez quiere controlar la prensa en el momento en que son más necesarios en Venezuela unos medios que no respondan ni a las elites que usurparon la democracia en el pasado como tampoco ahora servilmente a una suerte de autoritarismo populista. Es un desafío para el presidente Chávez no obstaculizar que el juego democrático que le ha confirmado en el poder pueda seguir actuando desde los medios periodísticos. Y es tarea de los medios serios explicar la compleja realidad venezolana presente con rigor, sin ideologías ni preconceptos. En esa tarea, tanto el gobierno como las empresas y periodistas serios, pueden contar en el exterior con algunos aliados respetuosos.

Estas situaciones de concentración del poder en determinados políticos o determinados programas apoyados por ellos (mediante incentivos como la publicidad oficial, por ejemplo) están presentes también en otros países, donde las alianzas con los monopolios mediáticos tienden a reducir las oportunidades de información y de conocimiento, con el consiguiente daño a la construcción de la democracia. La cuestión es que cuando fallan los mecanismos del Estado, entonces las carencias democráticas terminan por trasladarse a otro sitio. Así, lo que se debería debatir en los Congresos o en los organismos sociales, se proyecta en los medios de comunicación. En ocasiones esto es muy saludable.

En países de América Latina o en España y Portugal la prensa ha cumplido en los últimos 30 años un papel clave en las transiciones democráticas, abriendo espacios, forzando debates, empujando a políticos, dando voz a la sociedad civil. Pero también seamos conscientes de los peligros: los medios en algunos de estos países se han convertido en un poder que puede amenazar la democracia, pasando de un papel democratizador a un papel conspirativo.
Esta primacía de los medios genera, además, actitudes de egolatría en los periodistas. Cómo extrañarse entonces que el escritor italiano Antonio Tabucchi diga en su novela Tristano Muere que, "quien escribe para comentar la vida cree siempre que su comentario es más importante que lo que comenta, aunque no se dé cuenta.
Tu, que escribes acerca de la vida, ¿qué opinas de ello?

Los subproductos periodísticos basados en la construcción de la realidad tienen bastante que ver con cierta frivolidad intelectual vinculada a la desvalorización del hecho. Existe un discurso que insiste en que los hechos no son nada más que construcciones lingüísticas, como si realidad y ficción pudiesen mezclarse sin problemas. Este discurso postmoderno ha tenido secuelas nefastas. La renuncia de los periodistas a ocuparse de los hechos reales es grave. Al inventar la realidad se sienten omnipotentes, famosos por un día o por unos años, pero el proceso es suicida. Esta renuncia se ha unido al discurso conservador y neoconservador de los Estados Unidos y desde ahí se ha proyectado a muchos países. Se recurre al terrible papel de Radio Mil Colinas, la radio del odio de Ruanda que alentó la matanza de medio millón de personas en 1993. Pero hoy tenemos radios y medios del odio desde Nueva York hasta Madrid, pasando por varios países y continentes.


Han irrumpido fenómenos sociales, culturales y políticos en los medios. En nombre de una supuesta democratización de ellos y de la "participación" de los ciudadanos, se ha impuesto el todo vale. La aparente revolución contra las jerarquías mediáticas ha legitimado el populismo, la chabacanería, la promoción de una cultura sin valores, y el fin de la calidad. Todo da igual, y cuando esto ocurre, los derechos de los ciudadanos y la política desaparecen. El ignorante es experto, el diálogo se cambia por el griterío, el debate racional por el insulto más eficaz, la rapidez reemplaza la reflexión, la vida privada se torna pública y los medios y la vida social entran en un circuito de espectáculo y mercado tan poderoso que un día descubre que ya casi nada queda fuera de ese perverso marco de referencia. ( Una crítica muy buena a la despolitización que crean los medios en Pierre Bordieu, On televisión and journalism, Pluto Press, Londres, 1996. Hay edición en español en Anagrama, Barcelona. )

En este marco, hablar de censura directa, aunque en ocasiones ocurre, es quedarse lejos del problema. Se trata de un mecanismo más complicado. Como lo explica el periodista Serge Halimi, de Le monde diplomatique, hay una censura invisible del medio y otra personal: "el periodista ha integrado el grado libertad que tiene. Sabe muy bien lo que se quiere que diga. Si algo le compromete lo más mínimo, lo deja al lado y escribe algo que no le comprometa (...) sabe que casi todo lo que escribe es accesorio: eso es periodismo de mercado y pone al redactor en la misma situación de la mayor parte de los asalariados". (Entrevista con Serge Halimi, "La prensa siempre elige lo interesante sobre lo importante", El País, 21de agosto, 2002.) El proceso de deterioro, corrupción y destrucción de los medios ha sido lento, en parte premeditado, en parte inconsciente, en gran medida acumulativo. Un proceso, por supuesto, que tiene mucho que ver con el deterioro y desgaste de la democracia. Del rating se ha pasado a la mercancía competitiva. Y ahora estamos en la fase de la seria preocupación en la medida que la prensa sufre una caída de ventas en todo el mundo, la televisión se ve amenazada por los videojuegos, el dvd y otros instrumentos que le roban horas, y la radio se apaga en el momento que no puede competir con el atractivo audiovisual.

El periodismo tiende a ser cada vez más local "de proximidad" y menos político. Un reciente estudio de la revista The Economist indica que los periódicos en papel corren el peligro de desaparecer en las próximas décadas. La información se especializa, se vuelve más local, más cercana a los ciudadanos e inclusive se abre la puerta a que sea producida por los propios ciudadanos acerca de sus gustos, placeres, necesidades.

Esta es la tendencia global, es la que tenemos que tener como referencia cuando hablamos de autoritarismo, corrupción y hasta represión en los medios de América Latina. No sólo vivimos los tradicionales problemas de censura y represión y control de los medios por el poder, sino que nos encontraremos a la vuelta de la esquina con el problema global del fin de los valores éticos en los medios y, como en un crimen perfecto, el contexto global favorece la corrupción local. En un país cercano a América Latina este proceso ha ocurrido y aunque Silvio Berlusconi ya no está en el Gobierno, la legislación que favoreció su monopolio de los medios se complementa con el populismo autoritario de los medios y de su política. Es un daño a la democracia italiana del que no será fácil salir.

¿Qué ocurre cuando tenemos un periodismo inserto en un proceso de gobernabilidad democrática? Nos referimos a una situación en que se cumplen los ideales del derecho a la comunicación. Se trata de ejercer un periodismo que colabore en una gobernabilidad a favor de la sociedad, y no de unos pocos grupos privilegiados. El concepto más avanzado de gobernabilidad incluye tanto a las instituciones del Estado como a los actores de la sociedad civil. A la vez, una gobernabilidad adaptada a nuestro tiempo debe contemplar que otros conceptos aparentemente estables cambian de forma. Por ejemplo, conceptos como nación y ciudadanía se ven afectados por los grandes flujos migratorios. Los medios suelen ser nacionalistas y hasta patrióticos. Cuando casi todas nuestras sociedades, en el Norte y el Sur, están cambiando por las migraciones, ¿a qué ciudadano se refieren los medios, a quién reflejan, de quiénes hablan?

Una gobernabilidad compleja debe tener en cuenta también las necesidades globales con relación a las particulares. Cuestiones como el comercio global, la crisis medioambiental, la protección de los derechos humanos, las epidemias y el acceso a medicamentos a precios razonables, el crimen y las economías ilegales internacionales son las que vinculan de forma concreta nuestra sociedad con las de otras partes del mundo. Nuestros gobernantes tienen que decidir sobre estas cuestiones, y los ciudadanos deben opinar, influir, y ser víctimas o beneficiarios de lo que se decida. En este inmenso campo de acción, un periodismo de lo real tiene un papel digno y renovado, conectando lo local con lo general del sistema internacional. Si los medios de comunicación tradicionales quieren seguir cumpliendo su papel al servicio de la democracia, tendrán que ofrecer esta visión de conjunto, conocimiento y comprensión en los asuntos a los que el ciudadano encamina su actividad política.

Por el momento, lo que hacen es, en general, favorecer la despolitización y el autoritarismo. Escribe el filósofo Régis Debray:
"Una democracia quiere ciudadanos activos, que se agrupan y se correspondan. La televisión (como ejemplo máximo de los medios), sometida a un sondeo permanente, impulsa a abandonar el espacio público (...), reduce el vínculo social a una relación sin intercambio". El resultado: "la democracia republicana en completo desorden". ( Régis Debray, Vida y muerte de la imagen. Historia de la mirada de Occidente, Paidós, Barcelona, 1994, p.284. 6 Hamelink, Cees. "Declaración de los derechos a la comunicación", documento presentado en el Foro Mundial sobre los Derechos a la Comunicación, Ginebra, 11 de diciembre de 2003. )
La situación ha empeorado con la aparición reciente de corrientes políticas, otrora discriminadas, silenciadas e ignoradas por los medios, que ahora, instalados en el poder, aspiran o practican la persecución, amparados bajo el manto siem pre recurrente de la defensa del pueblo. Gilles Deleuze le dijo en cierta ocasión a Foucault:"Usted nos ha enseñado la indignidad de hablar a nombre de otro".

Es aconsejable asegurar la calidad de la comunicación política, asunto que toca directamente a los profesionales que trabajan en los diferentes medios de información. Como dice Joaquín Brunner, una información política unilateral, sesgada, superficial o puramente retórica crea una opinión pública mal informada y reduce la relación entre gobernantes y gobernados a una apariencia, sin incidencia en el curso de las políticas. Nunca antes, la responsabilidad de los comunicadores ha sido más formidable y exigente.

La comunicación democrática acompaña la construcción de una comunidad nacional informada, para lo cual se requiere ampliar y fortalecer el derecho a informar y el libre acceso a la información, elevar la calidad de ésta, ensanchar y mejorar la educación de las personas y asegurar una efectiva competencia en el ámbito de la información.

En torno a la gobernabilidad y la práctica periodística  
La gobernabilidad autoritaria, de la cual se tiene una sostenida memoria en los países de la región, se logra a costa de la democracia. Es el intento de congelar el fluir de la vida, de eliminar o reprimir al máximo el sano juego de las contradicciones sociales, de crear la ilusión de estabilidad aplastando la vitalidad de la sociedad.

La gobernabilidad autoritaria atenta contra la cultura, busca infantilizar a la población, en el peor sentido del término, quiere privarla de voz con poder propio y ciudadano. Contra esa forma de gobierno que quita la voz, parte del periodismo ha desempeñado y puede desempeñar una función crucial de reestablecimiento democrático. No en vano los dictadores empiezan por cerrar la prensa cuando dan golpes de Estado, y los autoritarios en sistemas democráticos no tardan en invertir en prensa para comprar elogios y ocultar negocios y manipulaciones.

América Latina, y no sólo ella, está colmada de ejemplos heroicos en esa defensa del derecho a comunicar para abrir caminos a la democracia. También conocemos ejemplos de la palabra al servicio de dictadores. Porque una cosa es ser silenciosos resistentes y otra, entusiastas colaboradores.

De todos modos, ahora vivimos momentos diferentes. Las terribles ceremonias en las que un dictador le pasaba el poder a otro (o en que uno se lo quitaba al otro) han quedado en el pasado. Vamos camino de los 25 años de democracias en nuestra región. Sin embargo, cuando un país es gobernado por grupos que buscan sólo su beneficio y el de sus allegados, podemos reconocer la presencia de diferentes formas de autoritarismo, aunque las mismas no aparezcan con la violencia explícita de los gobiernos de facto. El autoritarismo trabaja también por cooptación, en el sentido de que persuade sin violencia directa a alguien para que crea o actúe en determinada dirección.

En este marco, no podemos dejar de hacer una referencia a lo que significó, y significa, la continuidad de la picaresca en los escenarios sociales desde hace siglos (pensemos en ejemplos desde la Odisea, pasando por "El Buscón" de Quevedo, y entroncando con todo tipo de personajes que mantienen intacta esa línea de vida, de relaciones sociales).

La picaresca incluye el engaño, el ingenio, la astucia, la habilidad en la palabra, el exitismo, el uso del otro (de quien sea) para cumplir los propios fines, el anhelo de sobrevivir o de trepar... Pareciera que hablamos de literatura. Pero... ¿qué sucede cuando el pícaro se vuelve político y se encarama en la cima del poder? Tenemos tristes, caricaturescos ejemplos en nuestros países de tales encaramamientos. Tenemos multitud de casos de empresas periodísticas y periodistas encargados de sostener a tales pícaros a través de la fiesta mediática, de verdaderas cortes de bufones que los siguen y les festejan.

Hace poco más de un año, el Foro de Periodismo Argentino realizó una encuesta entre 282 colegas "Sobre los periodistas y su profesión". Los resultados son muy ricos y significativos. Nos detendremos en dos puntos. Ante la pregunta "¿Recibió usted, o su jefe, alguna llamada o acciones coercitivas desde algún funcionario público?" La respuesta afirmativa en relación con el total de la muestra fue del 45,4%. Ante la pregunta "¿Ha tenido conocimiento directo de actitudes no éticas de colegas en el ejercicio de su profesión?" la respuesta positiva asciende a un 95.7%.

Las cifras son claras y duras. El autoritarismo fundado en la picaresca, la seducción y la corrupción, bañados todos estos elementos de cinismo, sigue presente en nuestros países. Existe el periodista corrupto y su correlato, que es el político corruptor. Por política o por dinero, o por las dos cosas. Las afinidades son muy fuertes.

No dejemos de recordarlo: hay represión directa sobre los medios. El reciente asesinato de la valiente periodista rusa Anna Polotikovskaya lo demuestra, al igual que las cifras de 2006 que nos ofrece Reporteros sin Fronteras: 81 periodistas muertos, y otros 32 colaboradores de medios periodísticos muertos, 871 detenidos, 1472 agredidos o amenazados, 912 medios de comunicación censurados, y 56 periodistas secuestrados. Y las cifras son seguramente bajas.

Pero esta terrible realidad de los medios como víctimas no pueden ocultarnos la otra, la del periodismo que se alía con poderes y gobiernos para justificar mentiras, corrupción, represión y guerras. Ese periodismo pretende, además, condicionar la actuación de los agentes políticos y sociales que no marchan al ritmo del poder.

Si miramos hacia América Latina, la evolución es preocupante. El líder de la derecha nicaragüense Eduardo Montealegre anunció que presentará una iniciativa de ley para proteger la ley de expresión ante las supuestas intenciones del gobierno sandinista de imponer censuras mediante intimidaciones, siguiendo lo que calificó de "el ejemplo de Venezuela". La Prensa nicaragüense también ha expresado su preocupación por la decisión del presidente Ortega de concentrar la publicidad del gobierno en manos de su esposa y portavoz oficial, Rosario Murillo. El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, inauguró el nuevo formato de su programa semanal Aló Presidente, que dejará de ser el espacio dominical donde tomaba decisiones de gobierno en público para convertirse en la fuente diaria, de lunes a viernes, de primicias noticiosas y campañas ideológicas. El mandatario, cuya imagen concentra la comunicación del gobierno con los ciudadanos, se propone, además, promover lo que llama "cinco motores" de la revolución: encabezada por una ley habilitante que le permite legislar por decreto, llamada "vía directa al socialismo".

El periódico ‘Tal cual', del conocido periodista y político Teodoro Petkoff, fue sancionado con una severa multa que excede en demasía el motivo judicial que la genera y se parece demasiado al deseo de causar daño económico. Por esas vías, Chávez quiere controlar la prensa en el momento en que son más necesarios en Venezuela unos medios que no respondan ni a las elites que usurparon la democracia en el pasado como tampoco ahora servilmente a una suerte de autoritarismo populista. Es un desafío para el presidente Chávez no obstaculizar que el juego democrático que le ha confirmado en el poder pueda seguir actuando desde los medios periodísticos. Y es tarea de los medios serios explicar la compleja realidad venezolana presente con rigor, sin ideologías ni preconceptos. En esa tarea, tanto el gobierno como las empresas y periodistas serios, pueden contar en el exterior con algunos aliados respetuosos.

Estas situaciones de concentración del poder en determinados políticos o determinados programas apoyados por ellos (mediante incentivos como la publicidad oficial, por ejemplo) están presentes también en otros países, donde las alianzas con los monopolios mediáticos tienden a reducir las oportunidades de información y de conocimiento, con el consiguiente daño a la construcción de la democracia. La cuestión es que cuando fallan los mecanismos del Estado, entonces las carencias democráticas terminan por trasladarse a otro sitio. Así, lo que se debería debatir en los Congresos o en los organismos sociales, se proyecta en los medios de comunicación. En ocasiones esto es muy saludable.

En países de América Latina o en España y Portugal la prensa ha cumplido en los últimos 30 años un papel clave en las transiciones democráticas, abriendo espacios, forzando debates, empujando a políticos, dando voz a la sociedad civil. Pero también seamos conscientes de los peligros: los medios en algunos de estos países se han convertido en un poder que puede amenazar la democracia, pasando de un papel democratizador a un papel conspirativo. Esta primacía de los medios genera, además, actitudes de egolatría en los periodistas. Cómo extrañarse entonces que el escritor italiano Antonio Tabucchi diga en su novela Tristano Muere que, "quien escribe para comentar la vida cree siempre que su comentario es más importante que lo que comenta, aunque no se dé cuenta. Tu, que escribes acerca de la vida, qué opinas de ello".

Los subproductos periodísticos basados en la construcción de la realidad tienen bastante que ver con cierta frivolidad intelectual vinculada a la desvalorización del hecho. Existe un discurso que insiste en que los hechos no son nada más que construcciones lingüísticas, como si realidad y ficción pudiesen mezclarse sin problemas. Este discurso postmoderno ha tenido secuelas nefastas. La renuncia de los periodistas a ocuparse de los hechos reales es grave. Al inventar la realidad se sienten omnipotentes, famosos por un día o por unos años, pero el proceso es suicida. Esta renuncia se ha unido al discurso conservador y neoconservador de los Estados Unidos y desde ahí se ha proyectado a muchos países. Se recurre al terrible papel de Radio Mil Colinas, la radio del odio de Ruanda que alentó la matanza de medio millón de personas en 1993. Pero hoy tenemos radios y medios del odio desde Nueva York hasta Madrid, pasando por varios países y continentes.

Han irrumpido fenómenos sociales, culturales y políticos en los medios. En nombre de una supuesta democratización de ellos y de la "participación" de los ciudadanos, se ha impuesto el todo vale. La aparente revolución contra las jerarquías mediáticas ha legitimado el populismo, la chabacanería, la promoción de una cultura sin valores, y el fin de la calidad. Todo da igual, y cuando esto ocurre, los derechos de los ciudadanos y la política desaparecen. El ignorante es experto, el diálogo se cambia por el griterío, el debate racional por el insulto más eficaz, la rapidez reemplaza la reflexión, la vida privada se torna pública y los medios y la vida social entran en un circuito de espectáculo y mercado tan poderoso que un día descubre que ya casi nada queda fuera de ese perverso marco de referencia. ( Una crítica muy buena a la despolitización que crean los medios en Pierre Bordieu, On televisión and journalism, Pluto Press, Londres, 1996. Hay edición en español en Anagrama, Barcelona. )

En este marco, hablar de censura directa, aunque en ocasiones ocurre, es quedarse lejos del problema. Se trata de un mecanismo más complicado. Como lo explica el periodista Serge Halimi, de Le Monde Diplomatique, hay una censura invisible del medio y otra personal: "el periodista ha integrado el grado libertad que tiene. Sabe muy bien lo que se quiere que diga. Si algo le compromete lo más mínimo, lo deja al lado y escribe algo que no le comprometa (...) sabe que casi todo lo que escribe es accesorio: eso es periodismo de mercado y pone al redactor en la misma situación de la mayor parte de los asalariados". (Entrevista con Serge Halimi, "La prensa siempre elige lo interesante sobre lo importante", El País, 21de agosto, 2002.) El proceso de deterioro, corrupción y destrucción de los medios ha sido lento, en parte premeditado, en parte inconsciente, en gran medida acumulativo. Un proceso, por supuesto, que tiene mucho que ver con el deterioro y desgaste de la democracia. Del rating se ha pasado a la mercancía competitiva. Y ahora estamos en la fase de la seria preocupación en la medida que la prensa sufre una caída de ventas en todo el mundo, la televisión se ve amenazada por los videojuegos, el dvd y otros instrumentos que le roban horas, y la radio se apaga en el momento que no puede competir con el atractivo audiovisual.

El periodismo tiende a ser cada vez más local "de proximidad" y menos político. Un reciente estudio de la revista The Economist indica que los periódicos en papel corren el peligro de desaparecer en las próximas décadas. La información se especializa, se vuelve más local, más cercana a los ciudadanos e inclusive se abre la puerta a que sea producida por los propios ciudadanos acerca de sus gustos, placeres, necesidades.

Esta es la tendencia global, es la que tenemos que tener como referencia cuando hablamos de autoritarismo, corrupción y hasta represión en los medios de América Latina. No sólo vivimos los tradicionales problemas de censura y represión y control de los medios por el poder, sino que nos encontraremos a la vuelta de la esquina con el problema global del fin de los valores éticos en los medios y, como en un crimen perfecto, el contexto global favorece la corrupción local. En un país cercano a América Latina este proceso ha ocurrido y aunque Silvio Berlusconi ya no está en el Gobierno, la legislación que favoreció su monopolio de los medios se complementa con el populismo autoritario de los medios y de su política. Es un daño a la democracia italiana del que no será fácil salir.

¿Qué ocurre cuando tenemos un periodismo inserto en un proceso de gobernabilidad democrática? Nos referimos a una situación en que se cumplen los ideales del derecho a la comunicación. Se trata de ejercer un periodismo que colabore en una gobernabilidad a favor de la sociedad, y no de unos pocos grupos privilegiados. El concepto más avanzado de gobernabilidad incluye tanto a las instituciones del Estado como a los actores de la sociedad civil. A la vez, una gobernabilidad adaptada a nuestro tiempo debe contemplar que otros conceptos aparentemente estables cambian de forma. Por ejemplo, conceptos como nación y ciudadanía se ven afectados por los grandes flujos migratorios. Los medios suelen ser nacionalistas y hasta patrióticos. Cuando casi todas nuestras sociedades, en el Norte y el Sur, están cambiando por las migraciones, ¿a qué ciudadano se refieren los medios, a quién reflejan, de quiénes hablan?

Una gobernabilidad compleja debe tener en cuenta también las necesidades globales con relación a las particulares. Cuestiones como el comercio global, la crisis medioambiental, la protección de los derechos humanos, las epidemias y el acceso a medicamentos a precios razonables, el crimen y las economías ilegales internacionales son las que vinculan de forma concreta nuestra sociedad con las de otras partes del mundo. Nuestros gobernantes tienen que decidir sobre estas cuestiones, y los ciudadanos deben opinar, influir, y ser víctimas o beneficiarios de lo que se decida. En este inmenso campo de acción, un periodismo de lo real tiene un papel digno y renovado, conectando lo local con lo general del sistema internacional. Si los medios de comunicación tradicionales quieren seguir cumpliendo su papel al servicio de la democracia, tendrán que ofrecer esta visión de conjunto, conocimiento y comprensión en los asuntos a los que el ciudadano encamina su actividad política. Por el momento, lo que hacen es, en general, favorecer la despolitización y el autoritarismo. Escribe el filósofo Régis Debray:
"Una democracia quiere ciudadanos activos, que se agrupan y se correspondan. La televisión (como ejemplo máximo de los medios), sometida a un sondeo permanente, impulsa a abandonar el espacio público (...), reduce el vínculo social a una relación sin intercambio". El resultado: "la democracia republicana en completo desorden". ( Régis Debray, Vida y muerte de la imagen. Historia de la mirada de Occidente, Paidós, Barcelona, 1994, p.284. 6 Hamelink, Cees. "Declaración de los derechos a la comunicación", documento presentado en el Foro Mundial sobre los Derechos a la Comunicación, Ginebra, 11 de diciembre de 2003. )

La situación ha empeorado con la aparición reciente de corrientes políticas, otrora discriminadas, silenciadas e ignoradas por los medios, que ahora, instalados en el poder, aspiran o practican la persecución, amparados bajo el manto siem pre recurrente de la defensa del pueblo. Gilles Deleuze le dijo en cierta ocasión a Foucault:"Usted nos ha enseñado la indignidad de hablar a nombre de otro".

Es aconsejable asegurar la calidad de la comunicación política, asunto que toca directamente a los profesionales que trabajan en los diferentes medios de información. Como dice Joaquín Brunner, una información política unilateral, sesgada, superficial o puramente retórica crea una opinión pública mal informada y reduce la relación entre gobernantes y gobernados a una apariencia, sin incidencia en el curso de las políticas. Nunca antes, la responsabilidad de los comunicadores ha sido más formidable y exigente.

La comunicación democrática acompaña la construcción de una comunidad nacional informada, para lo cual se requiere ampliar y fortalecer el derecho a informar y el libre acceso a la información, elevar la calidad de ésta, ensanchar y mejorar la educación de las personas y asegurar una efectiva competencia en el ámbito de la información.

¿Demasiados estudios y poca formación?
En el marco del ideal de gobernabilidad y de práctica desde nuestra profesión del derecho a la comunicación, se abren dos preguntas fundamentales: ¿dónde están los periodistas que trabajan por esos ideales? ¿cómo se forman?

Están en las redacciones, en los medios, y hay ejemplos de esos ideales en todos los puntos de la región. Y hay profesionales jóvenes y otros con muchos años de experiencia que resisten todas las tendencias antes enunciadas.

La gran matriz formadora de periodistas fue, durante décadas, la misma redacción. Quienes llevamos ya un largo recorrido en la práctica del oficio, nos formamos en la escuela del oficio mismo. Lo dice Gabriel García Márquez:
"Hace unos cincuenta años no estaban de moda las escuelas de periodismo. Se aprendía en las salas de redacción, en los talleres de imprenta, en el cafetín de enfrente, en las parrandas de los viernes. Todo el periódico era una fábrica que formaba e informaba sin equívocos, y generaba opinión dentro de un ambiente de participación que mantenía la moral en su puesto. Pues los periodistas andábamos siempre juntos, hacíamos vida común, y éramos tan fanáticos del oficio que no hablábamos de nada distinto que del oficio mismo". (García Márquez, Gabriel, "El mejor oficio del mundo", palabras ante la 52ª. Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa, SIP, Los Ángeles, octubre 7 de 1996. )


Lo hemos dialogado con colegas de distintos países que viven sometidos a la mimetización de la prensa escrita en relación con la televisiva, en el sentido del peso de la noticia breve, sin reflexión y con cada vez más limitaciones al reportaje; a la falta de seguimiento de la información; a las escasas, muy escasas, oportunidades de profundización en los temas (desde los que se vienen sosteniendo desde hace décadas hasta los surgidos por la dinámica de las sociedades, como las migraciones), sin hablar de lo que significaría especializarse en serio; a la reducción de muchas redacciones a espacios donde todo sucede dentro de los muros, porque los insumos llegan ya empaquetados desde afuera, o la relación con las fuentes se hace a través de apresuradas llamadas telefónicas, en un verdadero periodismo de celular.

Los empresarios de los medios tienen la obligación de formar a sus periodistas, no sólo facilitarles esas redacciones modernas. Deben saber que hay un periodismo de calidad que se forja en la experiencia, que hay un público que reclama seriedad en los medios. Esta es una exigencia que sindicatos, organizaciones periodísticas y profesionales deben trasladar a las empresas.

Los medios tienden a ser cada vez más grandes o a ser absorbidos por grandes empresas, en muchos casos extranjeras. Es el fenómeno de la concentración. Pero los empresarios de los medios deben tener presente que les corresponde combinar, como antes lo pedíamos para los periodistas, lo global con lo local. Cada periodista tiene que saber de su contexto, debe saber mirar hacia el mundo. El empresario también.

Las cadenas radiales, los monopolios dirigidos desde las capitales, los sistemas televisivos basados en una suerte de eslabones de repetidoras, han reducido no sólo la cantidad de periodistas en el mal llamado interior de esos países, sino también, y fundamentalmente, la cantidad y la calidad de la información que se hace llegar a la gente. La escasa investigación periodística se ejerce en las metrópolis y desde las metrópolis; la práctica profesional tiende a volverse una rutina de oficina, la mayor parte del tiempo se vive frente a la computadora y en los contactos telefónicos. Todo esto significa un debilitamiento del trabajo serio con las fuentes y con la gente.

Hay que añadir la poca preocupación de los empresarios periodísticos de nuevo cuño por la capacitación de su personal. El vaciamiento de la riqueza pedagógica de las redacciones no fue suplido por el apoyo de los empresarios para capacitarse. Una demanda tan grande en un país, que se puede extrapolar sin ninguna duda al resto de la región, no está siendo atendida ni por las empresas, ni por las escuelas de comunicación social. No negamos la presencia de eventos de capacitación, pero ellos son esporádicos, ligados más a las iniciativas de los colegas periodistas que al apoyo de los empresarios y de la academia.

*Este trabajo forma parte del libro "La radio que nos acerca. Radio Nederland" de José Zepeda, Director del Departamento Latinoamericano de Radio Nederland

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