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Capítulo 8: Las Guerras Civiles Centroamericanas

Serie: " De la seguridad nacional a la seguridad democrática"

Dirk Kruijt y Sergio Acosta*

30-05-2007

Centroamérica es en la región latinoamericana, en su concentración de naciones culturales y étnicamente fragmentadas dentro de un área relativamente pequeña, lo que los Balcanes son para Europa. Divisiones socio-culturales y políticas han atormentaron durante décadas todo el territorio. En la época pre-colombina era el territorio corazón  -junto con la península de Yucatán y Chiapas, actualmente parte de México- de los pueblos Maya.

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 Versión audio del Capítulo 8

Después de la conquista española los pueblos indígenas fueron incorporados dentro de los estratos más bajos de la sociedad colonial. Especialmente Guatemala, tiene todavía las cicatrices de la segregación étnica impuesta por los gobernantes coloniales y postcoloniales. Políticamente, centroamérica era la Capitanía General de Guatemala dentro de la configuración colonial. En 1823 las Provincias Unidas de Centroamérica –Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica- se declararon independientes como república federativa. La federación colapsaba en 1838 y se reunía dos años más tarde por última vez cuando el presidente hondureño mariscal Morazán planeaba unificar los estados fragmentados. Sin embargo, la unión se disolvió en una serie de guerras civiles, secesiones y reconquistas, federaciones y confederaciones durante gran parte del siglo XIX.  En los años veinte, del siglo XX, Guatemala, El Salvador y Nicaragua hicieron el último intento para formar una federación centroamericana.

Con la excepción de Costa Rica que siempre preferiría un gobierno civil y un buen pequeño ejército de unas 1,000 personas, las demás repúblicas fueron generalmente gobernadas por militares o  por presidentes impuestos por la fuerza. En 1948, tras una mini-guerra civil, el empresario–guerrillero Victorioso Figueres abolió el ejército. Siempre manteniendo buenas relaciones con los EEUU, el país se desarrolló en las décadas siguientes en un estado estable y democrático de relativo bienestar con estándares altos de educación y salud pública. Tristemente este ejemplo no fue seguido por los demás países centroamericanos donde regímenes militares de dictadura y autocracia fueron características permanentes durante la mayor parte del siglo XX, acompañadas por represión amarga, pobreza masiva, profundas divisiones étnicas y religiosas, sobre todo en Guatemala. De nuevo con la excepción de Costa Rica, los países centroamericanos fueron organizados durante los primeros 160 años después de su independencia en economías oligárquicas cuya cohesión social fue mantenida más por la represión que por la participación democrática. El Salvador, Guatemala y Nicaragua fueron sociedades fuertemente divididas donde la pobreza masiva y la exclusión social fueron mantenidas durante largos períodos de dictaduras militares asfixiantes. La ley y el orden fueron generalmente representadas por escuadrones de la muerte asociadas a la policía militarizada que semanal o mensualmente marchaban a las comunidades para establecer el respeto a la ley dictada.

Las rebeliones sociales
En los años treinta del siglo XX rebeliones sociales en El Salvador y Nicaragua terminaron en masacres y el establecimiento de regímenes dictatoriales para los siguientes cuarenta años. En Nicaragua los Somoza establecieron una dictadura hereditaria, ejercida por Anastasio padre, su hijo Luís y su otro hijo Anastasio. El instrumento de su dominio era la Guardia Nacional que desempeñaba a la vez el papel de Fuerzas Armadas y Policía. La dinastía de los Somoza también adquirió un enorme poder económico en base a tierras agrícolas y ganaderas –llegando en los años setenta a unos 30 % del territorio cultivable nacional-, empresas comerciales e industriales y una porción considerable del sistema bancario, de seguros y de la construcción civil.  En El Salvador, desde los años veinte hasta mediados de los ochenta del siglo pasado se controlaba desde el  ministerio de Defensa del orden político, el partido oficialista de los militares, la institución armada, la inteligencia nacional, dos cuerpos de policía militarizados y asociaciones de paramilitares. El partido sucesor del partido oficial era ARENA, fundado por el ex-mayor D’Aubuisson, que en 1984 se deshizo oficialmente de los escuadrones de la muerte y del partido. La institución armada de Guatemala, igual que su contraparte salvadoreña, ha controlado gran parte del siglo XX la escena política nacional. Después de décadas de dictaduras anacrónicas, dos gobiernos democráticos –de Arévalo y de Arbenz entre 1944 y 1954- parecían pavimentar el camino para el progreso económico y participación ciudadana. Sin embargo, un golpe preparado por la CIA y ejecutado por un pequeño ejército de Contras –entrenado en territorio hondureño-, sustituyó el presidente elegido por un régimen de facto, el comienzo de una larga serie de dictaduras ferozmente anticomunistas. Con la excepción de un gobierno civil –debidamente controlado por los militares- desde 1954  una larga serie de juntas, jefes militares de facto, presidentes militares elegidos o llegados al poder fraudulentamente, controlaba hasta 1985 la presidencia del país, los gobernadores (nombrados por el presidente) y alcaldes, y dirigía la economía nacional en armonía con el CACIF, asociación única de los empresarios y terratenientes.

Líderes guerrilleros
El liderazgo guerrillero era procedente de diferentes sectores. En Guatemala la primera generación de líderes guerrilleros provenía de las filas de jóvenes militares desilusionados por la caída de Arbenz. Algunos de los posteriores comandantes habían militado en el partido comunista. La teología de Liberación también tenía una cierta influencia. Pero la mayoría, del posterior liderazgo guatemalteco, se originó de las filas estudiantiles, tanto de la universidad nacional como de los centros de enseñanza secundaria. En segunda instancia fueron reclutados de las filas de la población indígena. Sin embargo, la profunda división étnica dejó también las huellas en la distribución de cargos de liderazgo: la gran mayoría de los comandantes era Ladino (mestizo) mientras los oficiales Maya ocuparon puestos de mando de campo, como teniente o capitán.

Tanto en Nicaragua como en El Salvador la influencia de la Teología de Liberación era influyente. La presencia de jóvenes sacerdotes progresistas –muchos de ellos Jesuitas- que se sintieron reesforzados en sus convicciones después del concilio Vaticano II (1965) y las conferencias episcopales de los obispos latinoamericanos en Medellín (1968) y Puebla (1979) fue acompañada por la emergencia espontánea de miles de “comunidades de base”, lideradas por “delegados de la palabra”, laicos que comenzaron a interpretar los textos de la Biblia para buscar a soluciones sociales más justas para combatir tanto las dictaduras como la pobreza centroamericanas. La gran mayoría de los comandantes guerrilleros provenía de las filas de estudiantes revolucionarios de las universidades capitalinas y de las dos universidades Jesuitas en San Salvador y en Nicaragua. Así se originó un creciente radicalismo nutrido por raíces religiosas y mezclado por el estudio de textos de un marxismo-leninismo, corriente que comenzó a ser atractiva después de la Revolución Cubana, gran ejemplo para la generación revolucionaria en Centroamerica. Entre otros, por la influencia, se unificaron los diferentes agrupamientos político-militares en los tres países en entidades confederativas: el Nicaragua: Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en Nicaragua (fundada en 1961, disuelta posteriormente en diferentes facciones y reconstituida en marzo de 1979, cuatro meses antes de la liberación de Managua en julio de 1970), el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) en El Salvador (fundada en octubre de 1980 inmediatamente antes de la primera ofensiva guerrillera ante la capital San Salvador) y la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) en Guatemala (fundada en febrero de 1980 tras dos años de negociación, mientras que una comandancia unificada fue creada en 1986).   

Diferencias entre guerrilas
Mientras que el aporte a la guerrilla en los tres países era claramente popular, hay marcadas diferencias. En Guatemala la simpatía y el aporte popular provino en los años setenta y ochenta sobre todo de la población Maya, históricamente excluida y discriminada. Los combatientes fueron reclutados por todo el territorio. En los últimos diez años de la guerra los campamentos de refugiados en México comenzaron a ser más importantes para los reclutas frescos. En Nicaragua, la población urbana y rural pobre tenía una cierta simpatía para la guerrilla. El aporte masivo llegó en los años finales de la guerra de guerrillas, en 1977, 1978 y 1979, junto con  la formación de milicias populares y de la participación popular en una serie de insurrecciones urbanas dirigidas por el Frente, que fueron, primero sangrientamente reprimidos por el régimen del dictador Somoza y que por fin culminaron en la desintegración de la Guardia Nacional ante una revolución popular en el verano de 1979. El núcleo de soporte por el nuevo régimen Sandinista –llamado por el general revolucionario Sandino en los años treinta- ha sido, también en los años ochenta: la juventud urbana y la población de las regiones del Pacífico. En El Salvador cada una de las cinco diferentes vertientes del Frente ya habían formado federaciones y confederaciones populares, urbanas y rurales, de sindicatos, federaciones campesinas y asociaciones de pobladores en las barriadas urbanas. Casi todos los años ochenta el Frente administró una parte del territorio rural en el norte y oriente, incluyendo algunos municipios de tamaño medio y una zona conurbana de la capital. Gran parte del reclutamiento de nuevos combatientes provenía de la población local y de los campamentos de refugiados en las zonas fronterizas en Honduras.

Los movimientos de guerrilla que surgieron en los años sesenta y setenta fueron nutridos por resentimientos populares frente a los regímenes aparentemente eternos  de dictadura, miedo y  terror. A su turno, los regímenes militares –sobre todo en El Salvador y en Nicaragua, y el régimen de Somoza en los últimos tres años de la guerra- respondieron con una sobredosis de terror indiscriminado frente a los rebeldes y a toda la población que tal vez hubiera podido dar soporte o tener simpatía con el “comunismo internacional”: el campesinado con sus líderes, los sindicatos de trabajadores y sus líderes, las organizaciones barriales y sus líderes,  las organizaciones indígenas y sus líderes, el estudiantado y sus líderes, sacerdotes, políticos, abogados, periodistas e intelectuales. 

El Salvador, Guatemala y Nicaragua fueron en las décadas de los años sesenta, setenta, ochenta y noventa el teatro de tres “guerras de baja intensidad” o sea: guerras internas, guerras civiles, con combates a pequeña escala, ataques y contra-ataques, donde la gran parte de las víctimas eran miembros de la población no-combatiente. En relación con el total de la población de unos 8 millones en 1960 y 20 millones en 1995 un número de víctimas de 330,000 muertos y 100,000 desaparecidos como mínimo y se estima que entre 1,5 y 2 millones de refugiados y desplazados por la guerra, fueron el resultado de estos conflictos internos o guerras civiles.

La guerra en Nicaragua
Desde finales de los años cincuenta había pequeños agrupamientos (“frentes”) de jóvenes, entrenados por los supervivientes del general Sandino –héroe de la resistencia en los años treinta del siglo XX-  y  disidentes de
la Guardia Nacional. Un líder carismático, Carlos Fonseca, unificó las bandas insurgentes en el FSLN. Pero falta de experiencia militar y un seguimiento estricto de los escritos de Che Guevara sobre la guerrilla rural fueron la razón por la cual la Guardia Nacional supo durante mucho tiempo cercar las columnas guerrilleras y matar a sus líderes y combatientes. Los nuevos cuadros, jóvenes estudiantes de clase media urbana, sucedieron a los comandantes caídos y generalmente, murieron en un par de años, una pauta repetitiva hasta mediados de los años setenta. También Fonseca encontró la muerte en la montaña. En 1974 y 1978 el FSLN emprendió dos asaltos espectaculares, tomando decenas de rehenes (1974) y más de mil (1978); esta última vez asaltaron el congreso nacional y el FSLN adquirió fama internacional. No obstante, se originó una disputa fuerte sobre la ideología y la estrategia por seguir y el FSLN se rompió en tres tendencias. La tendencia “insurreccionista”, liderada entre otros por los hermanos Daniel y Humberto Ortega, cambió la estrategia radicalmente y optó por la lucha urbana mediante insurrecciones. Con la formación de un “Frente Interno” (en las grandes ciudades) y una alianza política con la oposición no-guerrera frente a Somoza, llegaron a reconocimiento, contactos, apoyo financiamiento y armas de paises como Costa Rica, Cuba, Panamá y Venezuela.   

En marzo de 1979 se refundió el FSLN y mediante campañas guerrilleras coordinadas se lanzaron ataques contra la Guardia Nacional. En la frontera entre Costa Rica y Nicaragua se formó un pequeño ejército guerrillero (“Frente Sur”) con unas 1,000 personas. Comandos urbanos lideraron en 1978 y 1979 una serie de insurrecciones urbanas con la creciente, al final una explosiva participación popular en Matagalpa, León, Masaya, Chinandega y  Managua. La Guardia atacó a los guerrilleros, las milicias y la población urbana con tanques, helicópteros y aviones, causando la muerte de unas 50,000 personas; el número de heridos era 100,000 y las ciudades en insurrección fueron dañadas fuertemente. Un comité de 12 líderes civiles prominentes (el Grupo de los Doce) había preparado un tipo de gobierno en el exilio y logró ir negociando con el gobierno de EEUU sobre la salida de Somoza. Las negociaciones sobre un presidente de transición y la integración de la Guardia con el FSLN fracasaron y en pocos días la revuelta popular en Nicaragua era general. El 19 de julio de 1979 unos 2,800 guerrilleros y 15,000 milicianos tomaron el poder y el triunfo. Unos pocos días después se había formado el gobierno Sandinista.

La guerra en El Salvador
Salvador Cayetano Carpio (Marcial), secretario general del partido comunista, optó en 1970 por la guerrilla después de unas elecciones fraudulentas, formando un grupo guerrillero apoyado por una confederación de organizaciones populares, sindicatos de obreros y asociaciones campesinas. En los años posteriores se formaron tres organizaciones político-militares semejantes y en 1979 se unió hasta el propio partido comunista. En 1980 los cinco movimientos formaron el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) en honor al líder del movimiento revolucionario Martí, masacrado en los años treinta del siglo XX.

Para evitar una guerra civil, jóvenes militares habían hecho un golpe en 1979 para instalar una junta cívico-militar reformista. Sin embargo, unos pocos meses después los altos mandos militares se apoderaron del poder y optaron por un co-gobierno con Duarte, líder de la Democracia Cristiana. Muchos simpatizantes de la DC y líderes populares, asociados a las Comunidades de Base salieron y entraron de las filas de la guerrilla, perseguidos por una inmensa represión, por los escuadrones de muerte bajo mandos militares. La matanza de Monseñor Romero, arzobispo de San Salvador y portavoz por la paz y la justicia social, fue otro acelerador para la guerra. En 1981 el  FMLN lanzó una ofensiva contra San Salvador pero no logró tomar la capital. Sus simpatizantes acompañaron las columnas que se establecieron en “zonas liberadas” en Morazán, Chalatenango, Guazapa, Usultán and Cabañas – San Vicente. Desde allí crearon una fuerza de unas 12,000 personas, a veces organizadas, asaltando batallones y campamentos militares del ejército. Pero con al amplio apoyo financiero y entrenamiento militar por parte de los EEUU el ejército creció a 60,000 efectivos y tomó la iniciativa a mediados de los años ochenta. Sin embargo, no logró reducir la influencia de la guerrilla en “sus” territorios. El FMLN se reagrupó en unidades más pequeñas y remontó una guerra de guerrillas que se mantenía estable pero tampoco logró retomar la iniciativa. La guerra llegó a un punto muerto y se estancó militarmente.

En 1984, con mucho apoyo norteamericano, se organizaron elecciones presidenciales. Duarte logró ganar la presidencia, venciendo ARENA, el partido de mayor D’Aubuisson. Fue una democracia en parte controlada por los militares y tres esfuerzos de parte de Duarte de empezar negociaciones de paz que fracasaron, también por la oposición de los estamentos militares. En 1989 Cristiani, miembro de la élite económica y candidato internacionalmente presentable de parte de ARENA ganó las elecciones y anuncio en su discurso de inauguración negociaciones permanentes hasta que se llegara la paz. El FMLN lanzó una segunda ofensiva a San Salvador en el mismo año y aunque no logró una insurrección popular estaba claro que tampoco el ejército podía ganar la guerra. Los militares que durante el ataque habían cometido atrocidades se encontraron con un desprestigio internacional y se vieron obligados de participar en las negociaciones. Un equipo de Naciones Unidas moderó estas negociaciones y en dos años se logró un acuerdo pragmático implicando una serie de reformas democráticas, el reconocimiento del FMLN como partido político –hay en día junto con ARENA los dos partidos de poder en el país-, la desmovilización del FMLN en etapas y la reducción del ejército hacia 13,000 personas, tras un relevo de 104 oficiales, todos los generales y la gran mayoría de los coroneles. Los acuerdos de paz fueron firmados en Ciudad de México el 16 de enero de 1992.

La guerra en Guatemala
Después de la caída de Arbenz los gobiernos militares de Guatemala –igual que el régimen de Somoza en Nicaragua-  facilitaron el uso del territorio guatemalteco como base de entrenamiento de fuerzas anticomunistas cubanas que posteriormente trataron de invadir Cuba. Jóvenes militares intentaron en 1960 un golpe y fracasaron. Varios de sus líderes iniciaron movimientos guerrilleros en las zonas Ladinas, en el oriente del país. Al comienzo era una guerra de muy baja intensidad, pero en 1966 el ejército inició una ofensiva de contrainsurgencia con el apoyo de asesores norteamericanos y milicias de autodefensa civiles reclutadas de la población local. En dos años los frentes guerrilleros fueron aniquilados con un precio de 300 guerrilleros muertos y 3,000 víctimas civiles asesinadas. El comandante militar tras la campaña, el coronel Carlos Arana, fue promovido a general, enviado de embajador ante el gobierno de Somoza en Nicaragua para luego regresar en
1970 a Guatemala como presidente.

Los líderes de la guerrilla de los años sesenta habían sido matados o se habían refugiado en México. Algunos de los cuadros más jóvenes fueron a Cuba para entrenarse. Estos supervivientes formaron en los años setenta, el núcleo de tres organizaciones sucesoras: las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), EGP (Ejército Guerrillero de los Pobres) y ORPA (Organización del Pueblo en Armas). En 1982 las tres organizaciones político-militares formaron la URNG (Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca), la cual se juntó también el PGT, el partido comunista. La mayor escala de actuación de la URNG fue en el período entre 1978 y 1983, coincidiendo con la represión más brutal e intensa de los 36 años de guerra. A finales de los años setenta segmentos substantivos de la población Maya y de los sectores sociales organizados en sindicatos y asociaciones reivindicativas se unieron a la guerrilla. La organización más significativa era el Comité de Unidad Campesina (CUC). Las fuerzas urbanas guerrilleras las formaban varios centenares de personas, reclutadas dentro del sector público, profesionales, profesores y estudiantes. Los estamentos militares, muy preocupados sobre la posibilidad de un cerco guerrillero de la capital estimaron que el aporte popular, ya sólo procedente de la población Maya, de 70,000 Fuerzas Irregulares Locales (FIL). Tomaron la solución de paramilitarizar a todo el país.

En una serie de campañas de contra-ataque y de contrainsurgencia desarrollaron la estrategia de la tierra arrasada, “quitando el agua de los peces” o sea: utilizando las tesis maoístas al revés[1]: aniquilar el aporte de la población a la guerrilla por medio de matanzas, deportaciones, quemadas de los bosques y destrucciones de viviendas y, en general, utilizando abundantes cuotas de terror y miedo. La población, mayoritariamente Maya, fue forzosamente incorporada en Patrullas de Autodefensa Civil (PAC) que en su momento llegaron al impactante cifra de 1,2 millón, o sea: uno de cada dos hombres indígenas, adultos, de todo el país. Los PAC operaron con una licencia de destruir, quemar, violar y matar. Las dos comisiones de la verdad –la eclesiástica de 1998 y la de las Naciones Unidas en 1999- denominó esas campañas consecutivas como “genocidio”.

A partir de 1985 las fuerzas guerrilleras habían sido significantemente debilitadas. Además, comenzaron a perder al apoyo de la población, atemorizada. La URNG, adoptando una estrategia defensiva, fue forzada a operar en regiones remotas del país y nunca logró recuperarse. Sin embargo, la guerra seguía continuando año tras año. Una nueva generación de oficiales militares, dándose cuenta de que la guerra jamás sería resuelta por campañas militares sin solución política, optó por regresar a la democracia –aunque bajo la tutela castrense, en los primeros años. Después de cuatro años de tentativas aberturas -en 1989 la URNG solicitó a Naciones Unidas una solución por medio del dialogo-, el gobierno, los militares  y la guerrilla iniciaron la primera mesa de negociación para la paz. Primero el arzobispo de Guatemala moderaba las sesiones, luego un delegado especial del secretario general de Naciones Unidas. El proceso duró la firma de los acuerdos, el 29 de diciembre de 1996.

Como consecuencia de los acuerdos se redujo la institución armada entre 1996 y 1997 en términos tanto de personal como presupuesto. Como en el caso de El Salvador, los diferentes cuerpos de la policía fueron disueltos y se instaló una nueva Policía Nacional Civil, entrenada por sus homólogos españoles. En los años setenta, las fuerzas armadas alcanzaron el número de 27,000 personas y llegaron a tener 55,000 efectivos a mediados de los años ochenta (sin contar los miembros de los diferentes cuerpos de la policía militarizada y las fuerzas paramilitares). Después de 1996 fueron fuertemente reducidas: de 46,500 en 1997 a 31,425 en 1998, 27,214 en 2003 y 15,500 en 2004. En 2005 contaron con unos 15,000 efectivos. En 1996, la URNG  tenía menos de 3,000 combatientes junto con 2,800 cuadros políticos. El número oficial de guerrilleros desmovilizados fue de 5,750 personas.

Referencias bibliográficas
CEH (Comisión para el Esclarecimiento Histórico) Guatemala. Memoria del silencio. Guatemala: UNOPS (12 volúmenes.) (1999).

De la locura a la esperanza. La guerra de doce años en El Salvador. Informe de la comisión de la verdad para El Salvador. San Salvador: Comisión de la Verdad (1993).

Guatemala nunca más. Volume II: Los mecanismos del horror. Guatemala: Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala (ADHAG), 1988.

Dirk Kruijt. Guerrillas: War and Peace in Central America. London: Zed Books (2008, por publicarse).

[1] Entrevista con el general Héctor Alejandro Gramajo, Guatemala City, 13 de julio de 1994.

*Autores: Artículo de Dirk Kruijt, profesor de la Universidad de Utrecht. Versión en audio bajo la coordinación, realización y producción de Sergio Acosta, con la colaboración de Eva Belmonte, José Zepeda y Jaime Báguena. Versión en la web de María Vaquero.

Etiqueta: America Latina, derechos humanos, economia, entrevistas, Holanda, latinoamerica, noticias, onu, paz, politica, radio nederland, unesco, unicef

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