A partir de las últimas décadas del siglo XIX, pasó a la historia en América Latina el tiempo de mariscales y tropas irregulares comandadas por coroneles que se autoproclamaban este rango. Las metas propuestas en su lugar fueron profesionalidad y preparación técnica, para lo cual, los medios castrenses recurrieron a misiones técnicas europeas. Sobre todo países como Alemania, Francia y Gran Bretaña gozaron de gran prestigio en materia de entrenamiento de los ejércitos y las armadas.
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Los chilenos habían apelado a los alemanes y los peruanos, con la clara memoria de la perdida de la Guerra del Pacífico, acudieron a la ayuda de los rivales europeos de aquellos: las Fuerzas Armadas francesas. Los primeros oficiales llegaron al Perú en 1896. La marina de varios países latinoamericanos también recurrió a sus instituciones occidentales hermanas para su formación técnica profesional. En 1918 aparecieron las primeras misiones técnicas de la Marina estadounidense en Brasil, y poco después en Perú. Sin embargo, hasta la Segunda Guerra Mundial, los ejércitos latinoamericanos se orientaron principalmente hacia Europa. La aviación acudió relativamente rápido al apoyo estadounidense. El predominio norteamericano en las Fuerzas Armadas de la región sólo comenzó a manifestarse durante la Segunda Guerra Mundial y se consolidó en el período de la posguerra, cuando se inició la Guerra Fría. Hasta finales de los años sesenta, Brasil y Perú fueron los países que gozaron de la mayor proporción de ayuda militar norteamericano. Pronto, casi todos los países de la región pasaron a depender de los Estados Unidos para los suministros de materiales militares y armamentísticos.[1]
“Seguridad Nacional”
El monopolio militar norteamericano en América Latina se materializó a través de una serie de instituciones insertadas en una doctrina de seguridad continental común. Esta tesis, que ya se había lanzado durante la Good NeigborPolicy in los años treinta del siglo XX, se fundamentaba en intereses interamericanos de defensa mutua. Propuesta en su origen como contrapeso democrático del bloque conformado por las potencias fascistas europeas y el Japón, su objetivo se transformó al comienzo de la Guerra Fría, evolucionando en la constitución de una alianza anticomunista. Así surgió la tesis de la “seguridad nacional”: los Estados Unidos garantizaban la seguridad externa del continente, en tanto que el mantenimiento de la estabilidad interna era confiado a las Fuerzas Armadas nacionales de la región. Para equipar y facilitar la tarea de esta nueva alianza militar se crearon nuevas organizaciones sustentadas en tratados militares y políticos. En 1945, veinte naciones americanas firmaron el tratado de Chapultepec para constituir una liga de consulta y apoyo mutuo. En 1947 estos países suscribieron con otros cuatro el tratado de Rio de Janeiro, dando origen al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR). En 1948 el TIAR obtuvo su complemento político al crearse en Washington la Organización de Estados Americanos (OEA). En 1948 la mayoría de los países firmó también el Pacto de Bogotá sobre la solución pacífica de conflictos; sin embargo, hay varios países que hasta la fecha no ratificaron dicho Tratado.
Sobre armamentos hay una serie de tratados que fueron ratificados por casi todos los países latinoamericanos. El Tratado de Tlatelolco de 1967, que proscribe las armas nucleares en América Latina y el Caribe, es el más importante de estos. El principal órgano de la OEA, la Junta Interamericana de Defensa hacía hincapié en la estrecha relación entre las actividades de ayuda militar y las de otra índole.
A veces el TIAR está considerado como el equivalente de la OTAN que regula la cooperación militar entre los países occidentales noratlánticos y los estados miembros de la Unión Europea. Sin embargo, conviene más comparar el TIAR con el anterior Pacto de Varsovia. Mientras que en la OTAN se supone una relativa igualdad de los países miembros, expresándose en nombramientos militares y políticos y el equipamiento bélico. El Pacto de Varsovia y el TIAR tienen la estructura de un país dominante, tanto en la estructura decisiva, el liderazgo militar, el entrenamiento de la oficialidad, y el sistema de apoyo financiero y técnico. El papel de la ex–Unión Soviética en el ex-Pacto de Varsovia tiene gran paralelismo con el rol de los Estados Unidos como protagonista en el actual TIAR.
Dos programas estadounidenses, el Military Assistance Programme (MAP) y la Agencyfor International Development (AID) cubrían, por una parte, apoyo militar directo y, por otra, proyectos de desarrollo llevados a cabo por instituciones civiles y militares. En los años sesenta hasta los ochenta, AID y MAP estuvieron muchas veces cooperando en materia de “acción cívico-militar”, programas para el beneficio de la población civil y para combatir la posibilidad de posibles brotes “comunistas” y “revolucionarios”. Paralelamente surgieron relaciones entre la CIA y los servicios de inteligencia y de seguridad del Estado, patrocinados generalmente por el Ejército o la Marina. En las décadas subsiguientes, también instituciones como el FBI y la DEA –la encarga de combatir la droga- buscaron sus asociaciones con las Fuerzas Armadas o con servicios especiales de la policía nacional. Últimamente se han establecido cordiales lazos de cooperación entre CIA y DEA e instituciones equivalentes, asociadas en países de producción de droga, como con las Fuerzas Armadas en Bolivia, la DAS, un cuerpo especializado de la policía en Colombia y el servicio de inteligencia del ejército e inteligencia naval en Perú. Esta colaboración había sido precedida por décadas de instrucción oficial en las dos instituciones asociadas al TIAR: la Escuela de las Américas en Panamá, para oficiales de rango intermedio, y el Colegio Interamericano de Defensa en Washington, colindando con el US War College. En el Colegio de Defensa se homologaba y homologa hasta la fecha, el entrenamiento de los altos cargos militares en el rango de coroneles y generales de brigada o su equivalente en otras armas.
Las fuerzas armadas en América Latina
En el cuadro 1 se puede ver la situación actual de las Fuerzas Armadas en la región. El continente americano es el continente menos afectado por guerras propiamente dichas en comparación con potencias europeas, y sobre todo en comparación con los Estados Unidos y China. Tanto los gastos militares como el volumen de las Fuerzas Armadas de América Latina son comparativamente modestos. Después de las largas décadas de las dictaduras militares y las guerras civiles (“conflictos internos” como eufemísticamente fueron llamados) se ha reducido tanto el presupuesto, como el tamaño de las Fuerzas Armadas latinoamericanas. Brasil, un país con casi 190 millones de personas tiene las instituciones armadas más voluminosas (308.000 personas), seguido por Colombia, país que sufre de una guerra civil desde los años cincuenta, conflicto que ha producido la muerte de un millón de víctimas. México, país que hasta la fecha cuenta con 106 millones de personas, dispone de instituciones armadas que en su totalidad comprenden un algo menos de 250.000 de personal). También es interesante hacer una comparación en términos del presupuesto militar.
[1] En México, Centroamérica y el Caribe los Estados Unidos había manifestado una ingerencia mucho más directa, en Cuba a partir de la guerra con España (1898) y el establecimiento de un factual protectorado en Cuba, en Panamá por medio de un protectorado de facto en un país explícitamente creado para facilitar la construcción del Canal en 1902, en México durante la Revolución Mexicana y en Nicaragua donde establecieron, después del movimiento guerrillero del general Sandino, otro protectorado de facto bajo la dictadura hereditaria de la familia Somoza.
*Autores: Artículo de Dirk Kruijt, profesor de la Universidad de Utrecht. Versión en audio bajo la coordinación, realización y producción de Sergio Acosta, con la colaboración de Eva Belmonte, José Zepeda y Jaime Báguena. Versión en la web de María Vaquero.
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