Franklin Hill, un homosexual negro originario de Surinam, tiene un compañero de vida holandés y blanco, con quien vive en Ámsterdam. Una noche de insomnio, aproximadamente a las cuatro de la mañana, empieza a hacer 'chat' (charla virtual) por Internet, y se encuentra en la red con otros participantes en la sesión de 'chat', entre ellas una chica, de nombre Marleen, a quien cree haber conocido en una fiesta.
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Franklin Hill. Foto: Sam Jones Productions
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Unos cuatro minutos después, Franklin Hill pone fin a la sesión y se despide cortésmente, pero sus interlocutores insisten en continuar sus ofensas. Hill, quien había iniciado estudios de Derecho en Surinam, copia la conversación y presenta demanda ante las autoridades policiales. El agente que consignó la demanda, recuerda Franklin Hill, reconoció que nunca antes había visto una cantidad tan grande y tan abrumadora de pruebas de una amenaza proferida a través de Internet. Y la víctima, por su parte, admite que siempre vivió en la errónea convicción de que su queja era una de tantas.
Tras un juicio, los autores son condenados a penas alternativas de 15 horas, para la chica Marleen, de 17 años, y una multa de 750 euros para un hombre de 36. Si de Franklin Hill dependiera, los otros participantes en la charla virtual también merecen ser castigados, "para que la gente comprenda que no es posible proferir este tipo de amenazas, y salirse con la suya."
Hill no concede importancia a la magnitud de la pena, pero le depara satisfacción que ahora quienes lo insultaron sepan que su acto merece ser castigado.
Pero, ¿considera que es un hombre con agallas? Hill no lo sabe con certeza, en cambio cree que sus interlocutores virtuales fueron muy osados. Además, no teme represalias, y opina que se debe afrontar estos desafíos. Para ello, no es necesario asumir riesgos innecesarios, porque se dispone de suficientes medios legales, para combatir la discriminación y contrarrestar las amenazas.
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