Agallas parecen sobrarle al ex juez supremo paquistaní Iftikhar Mohammed Chaudhry. En sesenta años de historia judicial paquistaní, jamás nadie se atrevió a llamar al orden a las autoridades estatales como lo hizo Chaudhry. Incluso se atrevió a pedir cuentas al servicio secreto militar, acusado por defensores de los derechos humanos de haber detenido ilegalmente a centenares de personas en los últimos años, en el marco de la lucha contra el terrorismo.
Muchos de los detenidos resultaron ser opositores de Musharraf. Chaudhry exigió que todos fueran procesados como corresponde, algo que sólo logró parcialmente, ya que muchos de ellos se encuentran desaparecidos.
Poderosa elite
Chaudhry mismo tomó la iniciativa iniciando centenares de juicios, los que variaban desde evitar que se construyeran oficinas en un campo recreativo hasta frenar la privatización de la industria nacional del acero. Ambos casos significaron grandes pérdidas económicas para la poderosa elite paquistaní.
Nada mal para un juez que en el 2002 cedía ante el régimen militar, poniendo su firma a una Constitución modificada, mientras que otros jueces renunciaban en protesta. El documento legalizó el golpe de Estado del presidente Pervez Musharraf, perpetrado en el año 1999. Por ello que el posterior activismo de Chaudhry fuera una sorpresa. También porque la Justicia en Pakistán siempre había funcionado como la mano derecha de la elite.
Corrupto
Según los analistas, la conducta de Chaudhry fue lo que llevó a que se lo suspendiera de sus funciones en marzo. Sin embargo, en la versión oficial se acusaba a Chaudhry de corrupción. Así comenzó la marcha triunfal y el reconocimiento internacional del ex juez supremo. El hombre, de pequeña talla, un poco bizco, con poco dote de palabra y, según los analistas, pocas aptitudes intelectuales, se transformó en el héroe de la clase media alta, que simpatiza con Occidente. Donde fuera que se presentara en Pakistán, era recibido por los vítores de centenares de miles de personas.
Por ello, a nadie le sorprendió que, aún cuando la Corte Suprema rehabilitó a Chaudhry, Musharraf volviese a intentar librarse de él. El presidente paquistaní declaró en noviembre de este año el estado de emergencia. Todos los jueces que se opusieron a la decisión, fueron despedidos. Esa misma noche, Chaudhry se las ingeniaba para emitir un llamado, en el que instaba a militares, civiles y a la Justicia a no aceptar la declaración del estado de emergencia. Ése fue su último acto heroico hasta el momento. Agentes de la policía fueron a buscarlo a sus oficinas, para luego encerrarlo en su residencia de Islamabad. El estado de emergencia llegó a su fin hace más de un mes, pero Chaudhry continúa bajo arresto domiciliario.
Enemistad personal
Algunos analistas paquistaníes sostienen que Chaudhry ha dio demasiado lejos en su lucha. Todo giraría más bien en torno a una enemistad personal con Musharraf y a su afán de fama mundial, y los intereses de la ciudadanía no serían tan decisivos. Sin embargo, en coches, en las calles y en los comercios, los pósteres de Chaudhry demuestran cuán popular sigue siendo.
Varias veces por semana, activistas por los derechos humanos, líderes de la oposición y ciudadanos se congregan fuera de las barricadas que rodean la residencia de Chaudhry, exigiendo su inmediata liberación. Es que en un país donde la fuerza está casi siempre por encima de la justicia, a Chaudhry se le sigue considerando como el único hombre con suficientes agallas como para enfrentarse al poderoso Ejército.
Etiqueta: Iftikhar Mohammed Chaudhry, Musharraf, Paquistán, Suzanna Koster