Gran acogida ha tenido en Argentina el libro ‘Fiebre Negra', del narrador y poeta Miguel Rosenzvit, una novela sobre el amor, la guerra, las pestes, la exploración y la aventura que revela las claves de la supuesta extinción de los negros en Buenos Aires.
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En la contraportada la editora se encarga del anticipo que siempre atrapa a los lectores: "Fiebre negra es un libro narrado con un ritmo atrapante, preciso y sin concesiones, que logra introducir de manera original la descripción de una época encarnada en personajes que se debaten entre la pura ficción de sus días y la aplastante contundencia de la Historia".
Y es así, como lo confirma Miguel Rosenzvit, autor de esta novela, que ya está dando qué hablar no sólo en Argentina. Entrevistado por el colega Alejandro Pintamalli, el joven novelista reconoce cómo él echa a rodar esta historia, "podría decirse de amor, pero básicamente de un vínculo deseado y a la vez muy complicado entre un hijo liberto, nacido de un vientre esclavo, que se llama Joaquín, y una hija de los amos, blanca, que se llama Valeria, que nacen el mismo día y en la misma casa, en 1820, en Buenos Aires".
Rosenzvit detalla cómo estas dos criaturas "lo primero que van a compartir es el pecho de la negra porque, por supuesto, en ese entonces era la negra la que daba de mamar. Juntos, dice Joaquín y Valeria "van a construir su más cercana subjetividad desde su primera tarde de vida".
El novelista argentino señala que ‘Fiebre Negra' se enfoca a partir de esta relación y también desde la actualidad, con la investigación casi familiar de una antropóloga que hereda una casa en Montserrat, en el casco histórico de Buenos Aires. "A partir del cruce de estas dos historias, una actual; otra en el siglo 19, cuento cómo sería una Buenos Aires, en donde despertamos de este sueño de la Buenos Aires blanca, y nos encontramos con una Buenos Aires llena de negros, que los censos oficiales dicen que fue. Los censos de 1830 y 1840 arrojan un numero de negros superior al 30 por ciento de la población".
A través de ese vínculo inevitable, deseado e imposible, se vislumbran las preguntas por ese dato demográfico que suele barrerse bajo la alfombra, señala la casa editora. ¿Qué significaba ser "liberto"? ¿Los negros murieron en la guerra? ¿Murieron en las pestes? ¿Se mezclaron? ¿Realmente se extinguieron? La novela ‘Fiebre Negra' de Miguel Rosenzvit se planta en una zona brumosa, en el intento de buscar respuestas a estas preguntas.
El narrador y poeta argentino Miguel Rosenzvit, nació en Buenos Aires, en 1969. Es autor de varias novelas y libros de poemas publicados por editoriales pequeñas, pero que fueron un éxito en ventas, y leídos y elogiados por importante figuras de la letras argentinas. Su novela ‘Fiebre negra' fue elegida novela finalista del Premio Planeta.
InformaRN reproduce fragmentos de la novela:
Ni el retumbado paso de seis bueyes, ni el crujir de toda la carreta, ni el griterío de cuanto muchacho tuviera algo para vender en esa agitada tarde de Buenos Aires, pudo disimular el insulto que, insistente y monocorde, bajaba desde los altos de Beltrán. El carretero se puso en puntas de pie y estiró el cuello para espiar. Pero del balcón no asomaban más que cuatro palabras.
-Puta que te parió, puta que te parió, puta que te parió...
A pesar de la franca segunda persona, el doctor Reihan no se daba por aludido y seguía pidiéndole a la joven señora, con voz tierna, pero firme, que pujara otro poco. Su ayudante, en cambio, apostado en la ventana, sintiendo quizá el pudor que su jefe no sentía, se inclinó hacia la calle para ver, como si de veras cayeran, dónde caían las palabras. No vio más, sin embargo, que unas cuantas cabezas cubiertas por empanadas, ropas o sombreros, y una carreta persiguiendo al sol.
A ambos lados de la cama, dos niñas negras sostenían una manta cubriendo las piernas de la señora de Beltrán, quien, de a ratos, cerraba las rodillas hasta casi juntarlas, queriendo aplastar el dolor. Repitió ese gesto, respiró hondo para sostener su insulto, y cuando separó de nuevo las piernas, el doctor Reihan se puso en cuclillas, y miró los progresos por debajo de la manta: ahí estaba la cabeza de la criatura, palpitante y sangrienta, como el corazón de una vaca recién carneada...
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-¡Que suba! ¡Que suba esa negra puta!
El joven ayudante de Reihan salió con Matías y ofreció su asistencia. Angelita, que había escuchado perfectamente la respuesta, juntó las rodillas, las dobló como para sentarse sobre una invisible silla y se dejó guiar por las niñas y el pardo Petriel. Le dio pena por su hijo, que no iba a poder darse el gusto de ser el primero en probar su leche. En el medio del patio se sumaron Matías y el ayudante, y entre todos la arrastraron por la escalera. Las lágrimas, prohibidas para sus ojos, empezaron a reventar por los poros de la cara, entre los labios, por la nariz.
Ya faltaban dos pasos para la habitación de la señora pero Angelita se estremeció y el grupo detuvo la marcha. La negra abrió la boca para dejar salir un huracán de aire contenido, en el que viajó también una exclamación ininteligible, y se agachó, juntando sus manos, para atajar su propia cría. Después cayó sobre sus nalgas, colchón generoso, y quedó de frente a su hijo. Era, como lo había soñado, un varón.
-Joaquín -dijo Angelita sin pensarlo y sin saber de dónde había sacado ese nombre.
-Es varón -dijo Azucena, y su voz fue tapada por la de Joaquín, que en ese mismo instante se largaba a llorar con una fuerza negra.
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La señora de Beltrán, que en abierta competencia con Joaquín no había dejado de gritar un solo segundo, enmudeció al ver aparecer a Angelita y la miró con odio todo el tiempo que tardó en volver a hablar. Reihan aprovechó la pausa para secarse la frente y su ayudante para mojar la de la señora, que lo empujó. El ayudante miró el trapo húmedo, recordó su infracción y salió al pasillo para sacarle el bisturí a Petriel. Lo limpió todo lo que pudo, y antes de volver al cuarto, se lo metió en el bolsillo.
-¿Por qué no me dijo que dolía así, negra mala? -dijo la señora de Beltrán agarrándose al brazo de Angelita.
-Por negra y por mala, señora.
-¿No me va a salir?
-A ver -Angelita, sin soltarse de su ama, se inclinó hacia un costado y miró al ras de los muslos-, pero si ya casi está, tire para afuera, jovencita.
La patrona obedeció, enrojeció, apretó los dientes, se llenó de sudor y con el último suspiro, empezó a putear de nuevo.
-¡Ah, no! -dijo Angelita mostrándole la marca que le había dejado en la muñeca-. Usted está haciendo fuerza en los brazos, en los pies, así no -alzaba la voz, a medida que hablaba, para tapar el escándalo de su propio hijo, que la reclamaba desde los brazos de Azucena-. Haga fuerza en el vientre nomás, ponga las ganas ahí y del resto olvídese.
Raquelita de Beltrán la miró esperanzada.
-¿Listo?
-Creo que sí -dijo Raquelita.
-Entonces puje y haga nacer esa criatura de una buena vez.
Raquelita distendió sus brazos y algo se estremeció dentro de su hinchado cuerpo. Le temblaron los labios, le brotó una lágrima y soltando un gran berrido de dolor, pujó para expulsar casi todo el bebé. Antes de desvanecerse, alcanzó a sentir las manos de Reihan llevándoselo.
La primera sensación que experimentó el nuevo ser fue, quizá, la cercanía del rostro de Reihan husmeando entre sus piernas diminutas, lo cual bastó para irrumpir en un pavoroso llanto.
-Una niña -anunció Reihan.
Difícil habría sido escucharlo con dos bebés llorando juntos. Pero por suerte, Joaquín, desde el mismísimo instante en que esta nueva Beltrán lagrimeó su arribo, guardó el más completo silencio.
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Etiqueta: Argentina, Buenos Aires, libros, Miguel Rosenzvit, Novela, raza negra