Hoy se conmemora en El Salvador el 25 aniversario del asesinato de monseñor Oscar Arnulfo Romero. El arzobispo fue asesinado por un francotirador con un disparo en el corazón, mientras oficiaba una misa. El crimen se produjo mientras el país vivía una sangrienta guerra civil.
Su primer destino es el de la fe.
Nació en Ciudad Barrios (San Miguel) el 15 de agosto de 1917, como el segundo hijo de una modesta familia con 8 hijos. Su padre, Santos, era empleado de correo y telegrafista, mientras que su madre, Guadalupe de Jesús, se ocupaba de las tareas domésticas. A los 12 años, él trabajaba ya como aprendiz en una carpintería. En 1931 ingresa en el seminario menor de San Miguel, donde permanece 6 años, hasta que tuvo que interrumpir sus estudios para ayudar a su familia en momentos de dificultad económica. Durante tres meses trabajó con sus hermanos en las minas de oro de Potosí, por 50 centavos al día. Su labor como sacerdote comienza en la parroquia de Anamorós, para, poco después, trasladarse a San Miguel, donde, durante 20 años, realiza labor pastoral.
La vida religiosa más intensa de Romero está marcada por el Concilio Vaticano II, ratificado en la Conferencia de Obispos Latinoamericanos de Medellín, en 1968, y por años de gobiernos totalitarios nacidos de golpes de Estado sustentados por la doctrina de Seguridad Nacional que hacía de los compatriotas el enemigo interno.
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El segundo es la conversión y el martirio.
Un hecho va a dejar clara huella en la actuación de Romero: el 12 de marzo de 1977 es asesinado el padre jesuita Rutilio Grande. El arzobispo insta al presidente Molina a que investigue las circunstancias, y ante la pasividad del Gobierno y el silencio de la prensa a causa de la censura, amenaza incluso con el cierre de las escuelas y la ausencia de la Iglesia católica en actos oficiales.
Su postura se torna cada vez más peligrosa para el poder. En febrero de 1980 es investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de Lovaina (Bélgica) En ese viaje a Europa visita a Juan Pablo II en el Vaticano y le transmite su inquietud ante la terrible situación que vive su país.
La Iglesia calcula que, entre enero y marzo de 1980, más de 900 civiles fueron asesinados por fuerzas de seguridad, unidades armadas o grupos paramilitares bajo control militar. Además, el Gobierno actuaba en estrecha relación con el grupo terrorista ORDEN y los escuadrones de la muerte.
El 17 de febrero, el arzobispo envía una carta al presidente Carter en la que se opone a la ayuda que EEUU presta al Gobierno salvadoreño, la cual sólo mantiene el estado de represión en el que vive el pueblo. La respuesta del presidente estadounidense se traduce en una petición al Vaticano para que llame al orden al arzobispo. El cerco se cierra: a fines de febrero, Héctor Dada, miembro de la Segunda Junta de Gobierno de El Salvador, informa a Monseñor que tiene conocimiento de amenazas de muerte en su contra y contra el Arzobispo. Los días 22 y 23 de marzo, las religiosas que atienden el Hospital de la Divina Providencia, donde vive el Arzobispo, reciben llamadas telefónicas anónimas con amenazas de muerte. Finalmente, el día 24, Óscar Arnulfo Romero es asesinado por un francotirador mientras oficia misa en la Capilla de ese Hospital.
Los funerales, celebrados en la Catedral Metropolitana de San Salvador el 30 de Marzo de 1980, se convirtieron en una batalla campal en la que las fuerzas de seguridad embistieron contra miles de salvadoreños concentrados en la plaza de la catedral. El resultado: más de 40 muertos y doscientos heridos. Hay quienes quieren creer que lo mataron por sus palabras del día anterior, en las que llamaba a la reflexión a los militares.
"Queridos hermanos, sería interesante ahora hacer un análisis, pero no quiero abusar de su tiempo; un análisis de lo que han significado estos meses de un nuevo gobierno que precisamente quería sacarnos de estos ambientes horrorosos. Y si lo que se pretende es decapitar la organización del pueblo y estorbar el proceso que el pueblo quiere, no puede progresar otro proceso. Sin raíces en el pueblo, ningún Gobierno puede tener eficacia, mucho menos, cuando quiere implantarlos a fuerza de sangre y de dolor... "
"Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del Ejército y, en concreto, a las bases de la Guardia Nacional, de la Policía, de los cuarteles."
"Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la Ley de Dios que dice: NO MATAR. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión."
Lo cierto es que el atentado debió estar preparado desde hace mucho tiempo, pues no se decide de la noche a la mañana un magnicidio de esa envergadura. El odio de la estructura del terror fue acumulativo. Roberto D'Aubuisson, líder de los escuadrones de la muerte, fue arrestado en mayo de ese mismo año y, a pesar de las pruebas que lo implicaban tanto en el asesinato, fue puesto en libertad con el beneplácito del ministro de Defensa. Cuatro años más tarde, el embajador estadounidense Robert White declaró ante un comité del Congreso que existían pruebas suficientes para afirmar "más allá de cualquier duda razonable" que D'Aubuisson había planeado y ordenado el asesinato.
A la muerte de Monseñor siguieron otros actos de violencia, como la violación y asesinato de tres monjas y una seglar estadounidenses, el 2 de diciembre de 1980, y el asesinato de seis sacerdotes jesuitas por escuadrones de la muerte, en noviembre de 1989.
La firma del acuerdo entre el Gobierno y el FMLN, llevada a cabo en 1992, supuso para El Salvador el inicio de ese proceso de paz con el que soñó Monseñor, y al que una parte significativa de la Iglesia Católica concedió su apoyo.
Tercer sino, su vida como ejemplo
Actualmente está en marcha una propuesta de beatificación que cuenta con el apoyo de católicos de muy diversos países. Es entendible que se desee preservar la vida y el nombre de Oscar Arnulfo Romero como símbolo de compromiso con la fe, de opción preferencial por los de abajo, de entrega hasta de la vida por una convicción. Lo que también es probable es que Romero no habría sido feliz con esta beatificación. Era demasiado humilde y tímido, era demasiado humano y terrenal como aspirar a la santidad. Sin embargo, ha sido el pueblo mismo el que ya lo ha beatificado, y por eso, desde años, lo llama San Romero de América.
Fragmento de la última homilía de monseñor Romero, a las 17:00 horas del 24 de marzo de 1980, en la Capilla del Hospital de La Divina Providencia.
"Yo creo que sus hermanos, esta tarde, deben no solamente orar por el eterno descanso de nuestra querida difunta, sino sobre todo, recoger este mensaje que hoy todo cristiano debía de vivir intensamente. Muchos nos sorprenden, piensan que el cristianismo no se debe de meter en estas cosas, cuando es todo lo contrario. Acaban de escuchar en el evangelio de Cristo que es necesario no amarse tanto a sí mismo, que se cuide uno para no meterse en los riesgos de la vida que la historia nos exige, y, que el que quiera apartar de sí el peligro, perderá su vida. En cambio, al que se entrega por amor a Cristo al servicio de los demás vivirá como el granito de trigo que muere, pero aparentemente muere. Si no muriera, se quedaría solo. Si la cosecha es, porque muere, se deja inmolar esa tierra, deshacerse y sólo deshaciéndose, produce la cosecha."
"Desde su eternidad, Doña Sarita fue confirmando maravillosamente en esa página que yo he escogido para ella, del Concilio Vaticano II. Dice: "Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde así mismo. No obstante, la espera de una Tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta Tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede, de alguna manera, anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Pero ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente entre progreso temporal y crecimiento del Reino de Cristo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al Reino de Dios."
"Esta es la esperanza que nos alienta a los cristianos. Sabemos que todo esfuerzo por mejorar una sociedad, sobre todo cuando está tan metida esa injusticia y el pecado, es un esfuerzo que Dios bendice, que Dios quiere, que Dios nos exige. Y cuando se encuentra uno, pues, gente generosa como doña Sarita, y su pensamiento encarnado en Jorgito y en todos aquellos que trabajan por estos ideales, hay que tratar de purificarlos en el cristianismo. Eso sí, vestirlos de esta esperanza del más allá; pues se hacen más fuertes, porque tenemos la seguridad que todo esto que plantamos en la Tierra, si lo alimentamos en una esperanza cristiana, nunca fracasaremos, lo encontraremos purificado en ese reino, donde precisamente, el mérito está en lo que hayamos trabajado en esta Tierra."
"Esta Santa Misa, pues, esta Eucaristía, es precisamente un acto de fe. Con fe cristiana parece que, en este momento, la voz de diatriba se convierte en el cuerpo del Señor que se ofreció por la redención del mundo y que en ese cáliz el vino se transforma en la sangre que fue precio de la salvación. Que este cuerpo inmolado y esta Sangre Sacrificada por los hombres nos alimenten también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo, no para sí, sino para dar conceptos de justicia y de paz a nuestro pueblo. Unámonos pues, íntimamente en fe y esperanza a este momento de oración por Doña Sarita y por nosotros".
En ese instante, el asesino apretó el gatillo.
* José Zepeda Varas es Director del Departamento Latinoamericano de Radio Nederland
Etiqueta: El Salvador, Monseñor Romero, Oscar Arnulfo Romero, Roberto D'Aubuisson
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