Salvo un par de disonancias sin mayor importancia, la abrumadora mayoría de los colombianos y del mundo ha celebrado la liberación de 15 secuestrados que estaban en manos de las FARC. La espectacular acción del Ejército llama al júbilo y a la reflexión.
Un triunfo de todos
Este triunfo de todos le pertenece en propiedad al gobierno y al Ejército. No hay matices posibles. Esta unanimidad no puede pasar desapercibida a los dirigentes de las FARC. En este sentido, todos los ojos están puestos en Alfonso Cano, el nuevo líder máximo, al que se considera un hombre más político y por ello, más propenso a ver otras realidades que las de las armas.
La satisfacción, la felicidad de la liberación están firmemente afianzadas en el convencimiento de que nada justifica el secuestro de personas inocentes. El delito puede disfrazarse de retórica revolucionaria, puede intentar explicarse mediante los crímenes de otros, pero esta degradación moral es tan grave que prevalece negativamente por sobre cualquier justificación.
La situación ha cambiado y todo hace presumir que la debilidad de las FARC es un hecho comprobado a la vista de los golpes recibidos. No está derrotada, pero está a mal traer. Aparte de los reveses de la guerra, lo que los rebeldes llaman "la mística revolucionaria" está por los suelos. Y es precisamente esta ausencia la que más graves daños puede causarle a los rebeldes. Cuando se pierde la fe se instala la derrota en los corazones.
Complicada realidad
No obstante, este rechazo masivo a las prácticas ilícitas de las FARC, estas liberaciones que son un triunfo de la libertad sobre la muerte no pueden, no deben, oscurecer el análisis sereno de la realidad porque dejarse llevar sólo por momentos de éxito, por grandes que estos sean, enturbia la vista. Máxime si la mayoría de los secuestrados aún está en poder la guerrilla. Esa gente anónima, condenada al silencio y a la espera llena de incertidumbres, no puede ser moneda de cambio ni abandonada a su propio destino. Por eso el acuerdo humanitario es más necesario que nunca, siempre y cuando los dirigentes de las FARC abandonen su hermetismo, decidan negociar en serio, y especialmente entiendan que Colombia, en su inmensa mayoría, los rechaza con fervor.
Al otro lado del camino, el éxito incuestionable del gobierno no lo exime de sus responsabilidades. Ahí está el conflicto con la Corte Suprema de Justicia que ha ordenado se investigue al presidente por presunta implicancia en compra de voluntades para reformar la constitución del Estado que le permitió la reelección. El mandatario ha amenazado con un referendo para legitimar su reelección, como si los fallos de un tribunal supremo pudieran dirimirse en las urnas. Pero lo más grave es la implicancia del 20% de los congresistas oficialistas en actividades vinculadas al paramilitarismo, aunque hay que aclarar que no se ha titubeado a la hora de ordenar su detención.
Es decir, los desafíos son muchos, y cuando se trata de avanzar en la consolidación democrática, aparece como necesario una estrategia multisectorial que resuelva el tema de la violencia, y que sanee a las instituciones del Estado.
El riesgo es que estos éxitos en contra de las FARC hagan prevalecer los argumentos de los sectores más duros del gobierno, los militaristas, respaldados además por un signo de los tiempos: a la hora de decidir entre libertad y seguridad,. ya se ha visto que una parte significativa de la población colombiana opta por la seguridad. De ahí la gran popularidad del presidente Uribe. Paradojas de la historia: cuantas más acciones terroristas practican las FARC, más fama adquiere el presidente. Cuánto tiempo habrá que esperar todavía para que los insurgentes entiendan que este ya no es tiempo de lucha armada, sino de acción civil. Lo auténticamente revolucionario es la profundización y socialización de la democracia, no los tiros en el monte.
*Vincent Fisas es director de la Escuela Cultura de Paz, de la Universidad Autónoma de Barcelona.
** José Zepeda Varas es director del Departamento Español de RNW.
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