Se ha cumplido la jornada de paro nacional estudiantil en todo Chile, con los consabidos disturbios, bombas lacrimógenas, gritos y represión policial, además de de las posteriores explicaciones por parte de estudiantes y Gobierno. La creciente magnitud de las protestas causa preocupación general.
Son los mismos estudiantes de secundaria, que hasta hace poco parecían no tener un discurso muy claro, quienes, con el paso de las horas, han logrado fortalecer su movimiento y han merecido un sinnúmero de muestras de apoyo. Se ha impuesto la convicción de la pésima calidad de la educación, de que ésta no es un bien de mercado y que depende de todos concederle la categoría que merece. Por ello, entre las peticiones de mayor consistencia figura el derogar con urgencia la llamada Ley LOCE, uno de los postreros resabios de la dictadura, con la que se privilegia la libertad de enseñanza en desmedro de la calidad. Al dejar la educación en manos privadas, en algunos casos prima la cantidad y no la calidad en este sector.
¿Cómo ha sido la génesis de este movimiento? Con el paso de las horas y las variadas interpretaciones, el Ministro de Educación, Martín Zilic, causa innegable desconcierto, pues primero dialoga, luego suspende la conversación y más tarde se niega a hablar con alumnos que están en paro. Ha sido la propia presidenta de la República, Sra. Michelle Bachelet quien, hace algunos días, señaló que es un hecho evidente que los estudiantes tienen opinión y que están demostrando que tienen un diagnóstico sobre el tema de la educación.
Este solo antecedente constituye un gesto positivo de la primera mandataria, ya que, en una democracia, es correcto reconocer los hechos por su contenido y trascendencia. La posición de los estudiantes apunta a modificar de raíz aspectos de la jornada escolar, la cual, a juicio del alumnado, marca demasiadas horas de permanencia en los establecimientos, lo que no conlleva necesariamente a mejor educación. Se precisan cambios profundos y, a este respecto, cabe destacar que este tema se viene conversando desde hace más de un año, lo que para muchos estudiantes es un trámite demasiado prolongado.
Las protestas, que en un comienzo eran un tibio atisbo de levantar la voz, han cambiado rápidamente y ahora ya cuentan con miles de adherentes entre alumnos de secundaria, universitarios y del propio colegio de profesores. Es de esperar que, en un intento de aplacar el amago de incendio, no usemos bencina y que el movimiento no se radicalice aún más. Las reuniones de las últimas horas han tenido un sesgo de dulce y agras; por un lado el cambio de actitud de los interlocutores y, por el otro, una evidente muestra de que los alumnos de secundaria no van a permitir más dilación, ya que el paso del tiempo agudiza el conflicto.
Es el momento apropiado para hacer un balance profundo y sin posturas radicales, de reconocer abiertamente lo que ya hace mucho se sabe, es decir la deficiente enseñanza, y de buscar soluciones consensuadas y beneficiosas para toda una generación de jóvenes. Así las cosas, la educación en Chile está en una profunda crisis, ante lo cual los estudiantes de secundaria exigen la derogación de la desigualdad que produce la Ley Orgánica Constitucional de la Educación, LOCE.
El Gobierno también tiene su responsabilidad en estos hechos, pues los repentinos cambios de estrategia del Ministro de Educación, Martín Zilic, fueron caldeando los ánimos, lo que condujo al paro nacional. Es hora de que la Sra. Bachelet dé una señal clara de autoridad y, de una vez por todas, se amplíe la mesa de diálogo en busca de consensos que provoquen una mejora en la calidad de la educación. Los pueblos se hacen grandes en la historia por sus bases culturales, pilares fundamentales no sólo en la fortaleza, sino además en la prolongación de su historia. La educación no puede, ni debe, ser producto de la ley de oferta y demanda, pues es patrimonio inalienable del ser humano.
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