Una de las grandes inquietudes de la democracia en la actualidad, ya lo hemos expresado, es el derecho a ser diferentes y a manifestar las diferencias. Hace poco tuve la oportunidad de visitar Bolivia, con ocasión de un evento para periodistas. En la preparación del viaje me encontré de frente con una paradoja. Históricamente, Bolivia había venido siendo gobernada por una minoría blanca. El país tiene más o menos un 80% de población indígena y solamente hasta el 2006 Evo Morales llegó a la presidencia del país.
Muchos recibimos con optimismo la noticia, entre otras cosas porque se planteaba el cambio, porque contenía algo de justicia social y todos aspirábamos a que ese país por fin tuviera una estabilidad institucional que le permitiera afrontar los más graves problemas de pobreza y exclusión. El relevo en el poder y una nueva propuesta para la sociedad boliviana nos permitieron ,además, soñar desde varios rincones de América Latina en cómo una cosmovisión diferente podría afrontar de manera alternativa los viejos retos de nuestras sociedades. Y Morales hizo apuestas fuertes como la nacionalización de los hidrocarburos
Pero, ¿cuál fue la paradoja? Me habían pedido justamente una conferencia sobre la importancia del disenso en la democracia. Pero a finales de junio, Bolivia estaba realizando una seguidilla de referendos para buscar las autonomías regionales, procesos declarados ilegales por el gobierno central. ¿Por qué se despertaba el ánimo regionalista justo en el gobierno de Morales? Si no me falla la memoria, todo empezó con la provincia de Santa Cruz, muy fuerte económicamente y a partir de ahí , el proceso se desgarró como una media velada. ¿La autonomía era una forma de ejercer la oposición política?
El gobierno de Evo Morales formuló la propuesta de una nueva Constitución y su debate aparecía como el escenario propicio para incorporar a todos los sectores de la sociedad en la nueva Bolivia. Pero el debate no fue incluyente, no se abordó una discusión política civilizada, se caldearon los ánimos y al final hasta el propio gobierno acabó excluyendo al principal partido político opositor de la redacción del texto definitivo de Constitución. Esto ha generado una polarización impresionante no sólo de los partidos (eso sería hasta natural), sino de los medios de comunicación y de la sociedad misma.
En ese estado de cosas si se habla del disenso hoy en la sociedad boliviana, ¿esto implica favorecer a una de las partes? En términos generales, la reivindicación del derecho al disenso es un elemento constitutivo de la democracia. No es una invitación al caos o a la anarquía como muchos pretenden plantearlo. Es constitutivo de la democracia porque este es el régimen que permite justamente la expresión de las diferencias y el relevo civilizado en el poder mediante elecciones. Hacer excesivo énfasis en el consenso puede más bien ser una tendencia antidemocrática como nos lo recuerda la académica belga Chantal Mouffe.
Plantear el derecho al disenso en Bolivia hoy podría ser interpretado como un respaldo al movimiento de autonomía, que aunque no debería estar relacionado con la oposición al actual gobierno, en la práctica lo está. Y los referendos han sido declarados ilegales. Pero negar el disenso podría interpretarse como un aval a alguna nueva forma de exclusión, esta vez ejercida por el representante de una mayoría indígena.
Y en medio de todas estas preocupaciones la gran pregunta es por qué el momento de la constituyente no fue el escenario ideal para el proyecto colectivo de sociedad. ¿Son irreconciliables las diferencias? ¿Por que esa tendencia a la fragmentación? ¿Por qué con el ascenso de los indígenas al poder se plantea el tema de las autonomías regionales? A todas luces lo que este conflicto representa es la falta de una cultura democrática que justamente permita discutir las diferentes concepciones de lo que los filósofos de la política llaman el "buen vivir" o la "vida buena", la incapacidad de debatir sobre los intereses en conflicto e indudablemente una crónica debilidad institucional que contrasta con la lucidez de muchos líderes políticos y académicos de ese país.
Y como siempre, surge la pregunta por el papel de la ciudadanía. Tengo la impresión de que están siendo amenazados y en el mejor de los casos manipulados para apoyar el movimiento de autonomía. No está claro cómo incluso en lugares en los que ganó el MAS (partido de gobierno) , los ciudadanos han resultado de repente defendiendo ideas como volver a convertir a Sucre en la capital del país. Muchos bolivianos piensan que ese no es el debate sustancial, como sí lo son la pobreza y la exclusión cultural y del desarrollo. El director del Teatro de Los Andes, César Brie relata de forma desgarradora en un artículo titulado "Sucre, capital del racismo" cómo un grupo de campesinos fue obligado a besar el suelo y la bandera de Chuquisaca, cantar el himno y hacerlos quemar a ellos mismos sus pancartas. Esto lo hizo un grupo cubierto con pasamontañas. Añade que Sucre está gobernada de facto por un Comité Interinstitucional conformado en su mayoría por políticos derrotados en las urnas y que "deciden todo en esa ciudad".
Como siempre, la ausencia de una verdadera cultura política, la falta de tolerancia y de respeto hacia las diferencias, la incapacidad de aceptar las reglas del juego del régimen democrático.
Es lamentable que se pierda esta oportunidad histórica para un país que se la merece, por tener la paciencia de esperar su momento para colocar en el poder no sólo a una persona sino a un movimiento que prometía el cambio civilizado y con tono latinoamericano.
* Ana María Miralles C. es profesora de la Universidad Pontificia Bolivariana
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Etiqueta: Bolivia, Evo Morales, La Paz