Estados Unidos ha tenido, frecuentemente, lecturas equivocadas de la realidad latinoamericana. El caso boliviano no ha sido una excepción, porque el triunfo de Evo Morales le supuso una sorpresa, que unida a la ausencia de una oposición política coherente marcó el fracaso de la política tradicional estadounidense hacia el país andino, cuyos intereses fueron siempre limitados.
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Es la presencia de un gobierno con enorme ascendencia sobre un vasto sector indígena el que reclamaba una nueva reflexión sobre Bolivia. No le costó demasiado esfuerzo a Washington trazar una estrategia vinculada a una relación preferente con las prefecturas autonómicas del país.
Morales puso en marcha lo que la Paz considera una dignificación de la política exterior. La expresión pública de este nuevo cariz han sido las sistemáticas llamadas de atención al embajador estadounidense, Philip Goldberg, para parar lo que el gobierno llama intervencionismo. La réplica norteamericana es invariable: se trata de acusaciones falsas que no ayudan a las relaciones mutuas. Lo cierto que es ha habido tensiones a lo largo de todo este período en una nación polarizada entre los sectores más ricos de las llanuras del este, propietarios de la mayor parte de la tierra; y los indígenas fieles a Morales que viven de la agricultura en las sierras del occidente.
El polo opositor se juega en las provincias que reclaman autonomía. Estados Unidos respalda ese movimiento acompañado de algunas organizaciones no gubernamentales.
Una de las cosas centrales en las relaciones ha sido la extensión de las preferencias comerciales conocidas con las sigla de TPDA, que por el momento tiene vigencia durante un año. Este elemento conduce a una constante presión del sector exportador nacional, que supone no menos de 300 millones de dólares al año. Las garantías comerciales son una compensación por la lucha en contra de las drogas que Bolivia cumple cabalmente.
¿Por qué Estados Unidos llama al diálogo? Porque se ha dado cuenta que no puede parcializar su posición y tiene que encontrar un balance para evitar que las repercusiones internacionales no alteren gravemente el equilibrio político de la región. El sur del Perú ha empezado a hablar de autonomía. También lo hace Guayaquil, en Ecuador. Es decir, existen proyecciones que ven con simpatía el ejemplo Santa Cruz. Estos movimientos pueden ser coincidentes o contrapuestos con los intereses de Estados Unidos.
Si bien la llave maestra sigue siendo ese "divide y reinarás" parece que se ha impuesto la razón de *Eduardo Gamarra de la Universidad Internacional de la Florida que ha alentado al gobierno de Washington a reorientar su política hacia Bolivia, con énfasis en la preservación del proceso democrático y la prevención de conflictos. Para ello, el profesor sugiere, a corto plazo, la utilización de más zanahoria que palo, junto con una disposición de Washington para seguir trabajando en el desarrollo de las relaciones tanto con el gobierno boliviano como con la oposición. No obstante, Gamarra recalca que la presencia política de Estados Unidos en Bolivia no es tan grande como se la presenta frecuentemente en el ámbito internacional.
Luego, la Comisaria de Relaciones Exteriores de la Unión Europea Benita Ferrero, desde Brasil, lanzaba a su vez otro llamado al diálogo, aunque desde una perspectiva distinta a la de los Estados Unidos. Diferente por sus estrechos lazos con Bolivia en el aspecto comercial y en su ayuda al desarrollo. El profesor Gamarra aclara que a pesar de ello, ni Estados Unidos ni la Unión Europea son los interesados principales en el país andino sino Brasil y luego Argentina.
*José Zepeda Varas es director del Departamento Español de Radio Nederland
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