El juez Baltasar Garzón visitó la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, con motivo del lanzamiento del libro 'El alma de los verdugos', escrito junto con el periodista español Vicente Romero. Después de la presentación, Garzón concedió esta entrevista exclusiva a Radio Nederland.
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Baltasar Garzón- De alguna forma, yo he tenido la oportunidad, en otro ámbito diferente totalmente al de este libro y el documental que le dio vida primero, que ha sido en mi actividad profesional desde hace ya más de 20 años, de enfrentarme a casos de terrorismo y crímenes masivos. Por tanto, he tenido oportunidad de ver a esas personas presuntamente responsables o ya condenados cara a cara y preguntarles qué han hecho, cómo lo hicieron y demás.
Este era un desafío un poco diferente. Era profundizar en las razones, en el porqué de una persona humana que en principio es como usted o como yo, que está soltero o casado, que tiene familia o no la tiene, que tiene unos padres, que tiene unos amigos, que tiene una vida social, que va al cine, se toma una cerveza o come un asado, y puede luego desarrollar una capacidad de maldad contra sus semejantes que le lleva a torturarlo e incluso a privarle de la vida por el mero hecho de la discrepancia ideológica, o porque cumple órdenes y ese miedo le supera cualquier posibilidad de denuncia de la situación. Al final, yo he llegado al convencimiento de que son personas normales y corrientes, que en un momento determinado superan la barrera de contención de la perversión que el ser humano también lleva en sí y, una vez superado ese límite, ya no hay freno.
Eso asociado a una situación de impunidad, por tanto conocimiento de que no le va a suceder nada o de esa convicción de que aquello que hagan no va a tener repercusión, se alía para degradarse aún más. Cuando esa situación desaparece, cuando ya el poder no se tiene en las manos para seguir haciéndolo, es cuando viene la cobardía, el ocultamiento, el no reconocer, el cerrarse su mente a aquello que si realmente la abriera en forma objetiva, sería insoportable, ¿no? Pero yo creo que sí, algo de monstruos tienen, porque ni a usted ni a mí se nos ocurre hacer eso. Pero al fin y al cabo, son personas como nosotros.
C.G.P - ¿Usted cree que países como Argentina ya están listos para comprender que estos verdugos son producto de la sociedad, de las instituciones y de la ideología, que en algunos casos todavía sigue presente? ¿O sigue siendo más fácil pensarlos solamente como "monstruos"?
B.G- Yo creo que debería de hacerse esa reflexión y no huir hacia adelante como hacen algunos, como todavía justificar mentalmente que aquello que se hizo estuvo bien. No, aquello no estuvo bien. Aquello fue una barbaridad, aquello fue un crimen de lesa humanidad. Nadie por razones ideológicas y por conseguir una sociedad mejor puede desarrollar acciones violentas y mucho menos cuando esas acciones violentas van acompañadas de una pérdida de libertades y una ausencia de respuesta. Por tanto, sí es verdad que las sociedades necesitan hacer esa catarsis, esa reflexión, para que puedan mirar con confianza hacia el futuro. No se puede construir el futuro sobre montones de cadáveres a los que no se les ha dado una respuesta.
Cuando las víctimas no tienen una respuesta, esas heridas nunca se cierran. Se abren cada equis cantidad de tiempo y además afectan al propio funcionamiento del Estado. Mire, la corrupción es hija de la impunidad. Y si esa impunidad durante años ha sido la norma en Argentina, también habría que relacionar todos los procesos de corrupción que posteriormente han existido. Cuando se ha comenzado de nuevo a abrir esa herida, a limpiarla para después suturarla, que es en donde estamos ahora mismo, pues bueno, hay unos problemas como en cualquier país puede haberlos. Problemas muy graves, pero la respuesta desde el área de derechos humanos se está percibiendo.
El sistema judicial está respondiendo. Acertará o se equivocará, pero se están produciendo respuestas, que en definitiva es lo que las víctimas piden. Por tanto, yo creo que sí se estaría en disposición de hacer esa reflexión. Y lo que yo pediría a aquellos que se niegan a asumirla es que la hicieran, por el bien propio y el de la sociedad a la que pertenecen.
CGP- Y hablando de esa impunidad, en Argentina ahora aparece un nuevo desafío que es transmitir la magnitud del horror a los nietos de los desaparecidos, a una nueva generación no ya de hijos sino de nietos, que tienen que comprender esa historia y esa tragedia todavía con la impunidad presente. ¿Cómo se hace para explicar y para transmitir la magnitud del horror?
B.G- Yo creo que Argentina es uno de los ejemplos en los que ese proceso se están llevando adelante de la mejor forma que podía hacerse: a través de organismos humanitarios, a través de organizaciones que permanentemente están en un proceso de recuperación y guarda de la memoria, pero con un sentido positivo.
Estas asociaciones, las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, en su gran mayoría son personas progresistas, que miran hacia adelante con una esperanza permanente para recuperar lo que se les quitó en su momento pero también para transmitir que la confianza en las instituciones y en la justicia es un valor fundamental. Quizás ahí es donde está, ¿no? Los nietos que van conociendo esa historia tremenda de pérdidas y de represión, pues también tienen que recibir simultáneamente que las instituciones funcionan, que hay una respuesta, que no se puede hacer lo que se hizo sin que se pague por ello a la sociedad.
Ese mensaje mixto es fundamental. Si el mensaje que se transmitiera es que solamente hay que mirar hacia adelante y olvidar el pasado, el pasado es muy recurrente y es caprichoso. Y los olvidos impuestos por decreto no funcionan porque, antes o después, se vuelven a presentar. Entonces, no hacemos nada con borrar una imagen de una fotografía porque siempre habrá alguien que nos diga que en esa fotografía había una persona más.
C.G.P- El libro está dedicado especialmente a algunas de las Abuelas de Plaza de Mayo (a Chicha Mariani por ejemplo) y a un grupo de hijas de desaparecidos. ¿De qué manera ha influido en su vida la lucha de estas mujeres?
B.G- A mí, me marcaron las vivencias, los relatos, las propias personas de Abuelas y Madres de Plaza de Mayo. Cuando en 1996 yo comencé a recibir esos testimonios, me demolieron emocionalmente. Porque uno había leído, se podía imaginar... En mi caso, con mayor razón porque mi competencia se extiende a los delitos de terrorismo y había visto ya muchos cuerpos destrozados y vidas rotas en mis investigaciones en los casos que me habían correspondido. Es decir, en cierta forma, estaba bastante curtido. Pero ver acciones venerables o madres aún jóvenes que contaban su historia, que se abrían a veces por primera vez y que lo hacían ante un juez porque veían que se les prestaba la atención, y esa atención iba dirigida a buscar las responsabilidades penales, me cambió sustancialmente mi forma de abordar los temas, de investigar, de comprometerme, en algo más que la mera aplicación de las reglas del derecho. Creo que, en ese sentido, para mí ha sido un honor y ha sido una lección. Y no estaré nunca suficientemente agradecido porque creo que me han hecho mejor, como profesional y como persona. No es que ellas buscaran eso, pero es un efecto que en mí lo han conseguido.
C.G.P- ¿Cómo vivió la presentación del libro en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, con muchas de las víctimas presentes?
B.G- Realmente, fue muy emotivo. Fue muy emotivo verlas allá, con esos años que tienen y con esa energía que nos envuelven a todos. Es una cosa espectacular, ¿no? Es decir, las ves en todos los sitios: lo mismo en Italia que en Escandinavia, que en Estados Unidos, que aquí en Buenos Aires. Yo recuerdo que estaba en la New York University como "senior fellow". Un día me llaman de la universidad en la que yo había estado unos años antes porque me habían dado un doctorado "honoris causa" y me dice el rector: ‘Por favor, ven para acá que te queremos dar una sorpresa'. Y la sorpresa fue que les daban el doctorado "honoris causa" a las Abuelas de Plaza de Mayo. Y me encontré allí con amigas y a todos nos hicieron vibrar de emoción.
A los ciudadanos norteamericanos se les veía la cara como diciendo ‘qué es esto', porque muchos no las conocían. Y es lo mismo que he percibido con este libro y con el documental que le dio vida. En España, ha tenido un impacto grandísimo el documental. A mí me llamaban personas llorando, chicas y chicos jóvenes diciendo que no se podían imaginar que esto hubiera sucedido. Cuando digo jóvenes, me estoy refiriendo a chicos de 17, 18 años que lo mismo tienen otras preocupaciones en la cabeza. Pero que hayan visto el documental, que se hayan comprado el libro, que se preocupen por estos temas, a mí me ofrece la garantía y la esperanza de que no está todo perdido sino por el contrario, que es necesario continuar en esta línea de denuncia y de puesta de manifiesto de que éste no es el camino, el de la represión, sino todo lo contrario.
C.G.P- Después de haber hecho esta investigación para el libro y de toda su labor como juez, ¿cuál es la pregunta que aún le queda por responder?
B.G- Muchas preguntas por hacer... y responder. Yo no estoy muy acostumbrado a responder más que cuando me preguntáis los periodistas, cosa que no me acaba de agradar -en este caso, sí-. Pero bueno, hay muchas respuestas todavía por dar, ¿no? Y preguntas que hacer y hechos que indagar... Profundizar en el porqué de esta represión y, sobre todo, buscar que la justicia dé la respuesta en el tiempo más rápido y eficaz posible a todos estos acontecimientos que sucedieron en la Argentina es fundamental. Y la pregunta que yo haría a los líderes mundiales de los países democráticos sería hasta cuándo.
Hasta cuándo se va a permitir la doble moral, la doble ética, el utilizar un arreglo para unos y para otros. Y hasta cuándo se va a permitir que nos desangremos poco a poco en un mundo que tiene muchos recursos pero que se están dilapidando por unas razones o por otras y que, al final, los que salimos perdiendo somos todos nosotros. Pero esas preguntas son utópicas, que están más allá de la línea del horizonte, en ese punto confuso donde utopía y esperanza se hacen realidad, que es adónde yo quiero llegar.
C.G.P- ¿Estamos un poco más cerca de la ansiada justicia universal en relación a los derechos humanos?
B.G.- Los avances, sin lugar a dudas, han sido importantes. También hay retrocesos. En el ámbito de la justicia internacional, siempre hay un movimiento pendular hacia adelante y hacia atrás: dos pasos hacia adelante, uno hacia atrás. Pero eso es normal y es necesario porque de esa forma se van asentando los principios, jurídicamente hablando, y se consigue avanzar sobre terreno firme. Y luego hay que combatir el otro ámbito que es uno de los más nefastos para la justicia universal, que es el ámbito político, que no siempre está contento con que los jueces investiguemos hechos que pueden suponer problemas políticos o de intereses comerciales entre países. Pero yo creo que, por encima de cualquiera de estos temas, está la protección de la comunidad internacional porque así lo hemos dispuesto, porque así se ha regulado, porque así es lógico que sea, ante hechos tan graves que atacan a la comunidad internacional.
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